OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


El tonto útil

19/01/2021

Con el paso del tiempo todo cambia. Entre muchos otros entes, hay especies que desaparecen, otras que se transforman, virus que mutan virulentamente y perfiles que no solamente se afianzan en su esencia sino que incluso alcanzan cotas de excelencia nunca imaginadas por las mentes más preclaras de nuestra civilización e incluso de aquellas otras que la precedieron. Es la situación experimentada por el comúnmente conocido como memo o lerdo. Pocos discutirán que los últimos tiempos han dotado de niveles de especialización, a esta subespecie, insospechados incluso para los propios propietarios de las singularidades que los caracterizan. Así ha brotado, fruto de dichos cambios y con luz propia, el comúnmente llamado tonto útil. Pero antes de especular, de teorizar furtivamente, procede plantear las dudas que inquietan al estudioso que decide adentrarse en su perfil y analizar cómo la estulticia se ha adueñado de algunos privilegiados y envidiados individuos. ¿Qué es un tonto útil? ¿En qué contextos asume su rol? ¿Es él consciente de su trascendental utilidad en la sociedad actual? ¿Cuántos hacen falta para que un espabilado, con coche o avión oficial, haga lo que le venga en gana, aun perjudicando al propio tonto útil que le apoya? ¿Presume el tonto útil de sus destrezas? ¿Es consciente la sociedad de las carencias que experimentaríamos si un nuevo asteroide chocase contra la tierra y nos privase de los tontos útiles? Su capacidad de adaptación al medio ¿es inferior, similar o superior a la de los dinosaurios? ¿Se conforman los propietarios de tal reconocimiento público con el papel que orgullosa y pomposamente desempeñan? ¿Justifican sus acciones y reacciones con estudios científicos de universidades o enarbolan en primera persona superiores creencias y valores? ¿Aspiran a mayores niveles de estupidez? ¿Están a media jornada o a jornada completa? Este tipo de plazas ¿se cubre por oposición, son de libre disposición o sencillamente son cargos de confianza? ¿Son personal laboral? ¿Tienen derecho a que se les aplique un ERTE? ¿Y a paro? ¿Jubilación? ¿Pueden promocionar y alcanzar niveles de mayor especialización y alta responsabilidad? El nivel formativo requerido para asumir sus responsabilidades ¿es de grado, máster o doctorado? ¿Qué cotas, de media, suelen alcanzar los niveles de información y formación que de la realidad suele tener este ser? Incógnitas estas en torno a las cuales las más avispadas mentes quizá solamente puedan plantear hipótesis, que ya ni tan siquiera, creo yo, probarlas o refutarlas analíticamente. No es este el lugar para perseguir respuestas. Sí, sin embargo, para reivindicar el trascendental papel que desempeña el tonto útil en una sociedad disparada hacia el crecimiento, el pleno empleo, el desarrollo industrial, científico, tecnológico y espacial, sin parangón antes ni después de estos tiempos… (felones y espabilados dixit). El tonto útil, también denominado tonto social, no puede ni debe desaparecer de nuestro ecosistema. De hecho, hacia tal objetivo se dirige buena parte de los esfuerzos de los dirigentes del pueblo. Y yo lo entiendo y justifico, ojo. Sin él y sin los esfuerzos que realiza cuando sonríe, besa, abraza o vota —no confundir con bota— al pérfido, del cual es palmero, habría sido imposible que los otros, por reacción natural, discurriesen siempre por caminos contrarios a los que señala con su dedo el tonto útil, haciendo así buenos a los mediocres. El tonto útil lo es, por encima de otras razones, por algo indiscutible. Hay algo que él ignora siendo público y notorio. Es, por encima de útil, simple y llanamente eso que más le caracteriza y de lo que muchos de su alrededor se percatan, sin que él lo sepa y no queriéndolo ver, por ceguera pasional, sus allegados. Es, sin matices, tonto.