La Cuenca despoblada planta cara al virus

Leo Cortijo
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A lo largo y ancho de sus 17.000 kilómetros cuadrados, en cualquiera de los 238 municipios que integran la provincia, afloran como un hilo de esperanza aquellos voluntarios que quieren sumar su granito de arena

Pedro Antonio Rentero, de Casasimarro

El foco mediático y social les apuntaba directamente. La provincia conquense era (y seguirá siendo tras esta pandemia) uno de los territorios a nivel europeo que más sufrían los males de la despoblación. Ahora ese punto de interés se deslocaliza por completo y todo el mundo dirige sus miras hacia los estragos del maldito Covid-19, que ha igualado a todos sin entender de fronteras, ni de si se vive en una gran ciudad o en un pueblo de unos pocos miles de habitantes. O ni siquiera eso... A lo largo y ancho de sus 17.000 kilómetros cuadrados, en cualquiera de los 238 municipios que integran la provincia, afloran como un hilo de esperanza aquellos voluntarios que quieren sumar, en la medida de sus posibilidades, su granito de arena. En los pueblos cunden los ejemplos de cooperación y solidaridad. Ellos son el auténtico corazón de la Cuenca despoblada.

Una de las batallas de esta guerra la libran los agricultores, que con sus tractores blindan los pueblos desinfectando las calles. Su arma contra el virus es el hipoclorito sódico. «Es lejía pura, básicamente, cinco veces más concentrada que la lejía doméstica que tenemos en casa», destaca Francisco, uno de los dos encargados, junto a David, de pulverizar con este producto las calles de Iniesta. A petición del alcalde, José Luis Merino, aceptaron «de forma desinteresada» sumar su hombro a la causa. Salen lunes, miércoles y viernes, cuatro horas por día y lo hacen de madrugada «para que no haya nadie por las calles y porque la temperatura es más baja, y eso evita que el producto se evapore, esté más tiempo en contacto y sea más efectivo». Francisco está satisfecho con lo que hace. Primero, porque siente la «obligación» al tener los medios para hacerlo y, segundo, la «necesidad» de dar un servicio al pueblo y a sus vecinos.

Un sentimiento muy similar tiene Saturnino, agricultor de San Clemente. También a instancias del Consistorio y de su alcaldesa, Charo Sevillano, trabaja junto a un grupo de compañeros en labores de desinfección. En total, son cuatro tractores que se reparten el municipio en cuatro porciones. Según explica, unos llevan equipos de fumigación con barras y otros, como es su caso, nebulizadores. «Esta herramienta funciona gracias a unos ventiladores que esparcen una gota muy pequeña pero que cubre como un manto muchísima superficie», destaca. En suma, «un abanico de 10-15 metros». Se reparten «todas las calles del pueblo», con especial hincapié en aquellas más transitadas y en las que se ubican farmacias, supermercados, gasolineras, residencias, panaderías... o en la del centro médico y el centro social.

Francisco Pozo, David Cubas y Antonio Martínez, de IniestaFrancisco Pozo, David Cubas y Antonio Martínez, de Iniesta

De San Clemente viajamos a la Manchuela, hasta Casasimarro. Allí un notable grupo de vecinos se afana en la elaboración de mascarillas. Una de ellas es María del Carmen, trabajadora de la guardería de la localidad que se ha visto obligada a hacer un alto en su trabajo habitual. Ahora, ese tiempo lo ocupa en parte con una labor que se le da muy bien, como es coser. «Empecé a hacerlas para mi familia con el fin de no infectarnos ni infectar a los demás», apunta, «pero una vez hechas esas cinco seguí haciendo por si alguien no tiene medios, tela o máquina de coser». De hecho, «se las he ofrecido a personas que no pueden hacerlas y las han aceptado muy agradecidos». Esta casasimarreña empezó fabricándolas con tela de algodón cien por cien, pero ahora por indicación del Ayuntamiento las hace con tejido no tejido, que repele y es bastante impermeable. Con esto, María del Carmen no solo se siente mejor, «porque ayudas en algo para acabar con esto cuanto antes», sino que además «te sientes útil y te distraes».

También en Casasimarro, Pedro Antonio, que ha cerrado al público su tienda de confección y venta de ropa de hogar, ha dado un paso al frente en lugar de cruzarse de brazos. Él también hace mascarillas, en este caso con loneta suave, que es al 50 por ciento algodón y poliéster. Como las de su vecina, no es un producto homologado por el sistema sanitario, pero realizan su función en plena carestía de recursos. «Las hago con doble tela, no son desechables y se tienen que lavar, secar y planchar». En su cadena de producción, «unas 10-15 a la hora», le ayudan su mujer y su hija «con el fin de agilizar el proceso». Y todo, sentencia, «para intentar terminar con esto y volver a la normalidad lo antes posible y recuperar nuestras vidas y nuestros negocios».

En el epicentro de la Serranía conquense se encuentra Cañete, con sus apenas 700 vecinos, la mayoría personas de avanzada edad. Allí, con un sentido extraordinario, Almudena, Miriam y Alicia han tejido una «pequeña red de voluntariado» para evitar, «por encima de todo», que estas personas salgan a la calle y se expongan al virus. Muchos de ellos viven solos porque sus hijos están en otras ciudades, no pueden venir y no tienen quién les haga la compra. Ahí entran en juego estas tres chicas, que se coordinan para llevarles hasta la puerta de sus domicilios «lo que necesiten para comer en su día a día o los medicamentos de la farmacia». Además, cumplen una segunda función, que también hay que tener muy en cuenta, y es hacerles sentir acompañados. Qué importante es eso...

Saturnino Cabrera y sus compañeros, de San ClementeSaturnino Cabrera y sus compañeros, de San Clemente

Más fotos:

María del Carmen Moraga, de Casasimarro
María del Carmen Moraga, de Casasimarro
Almudena Hinarejos, Miriam Ibáñez y Alicia Pérez, de Cañete
Almudena Hinarejos, Miriam Ibáñez y Alicia Pérez, de Cañete