TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Maestro Blecua (+29 de enero)

Te has escapado por la puerta de atrás (solo tenías setenta y nueve años), y ya no podré oír tu voz, esa con la que hoy me has llamado para que sepa de ti al susurrarme que comprara el periódico un día en que normalmente no lo compró. Y este miércoles lleve el periódico a la tertulia con uno de tus alumnos de Barcelona, un aprendiz de filología hispánica en una universidad más libre que la de ahora. Mi amigo fue quien vio las noticias que de ti daba el anterior presidente de los cervantistas, Lucía Mejías, en las páginas de cultura. Poco después me llegó un correo del presidente de la Asociación Internacional de Cervantistas, José Manuel Martín Moran, quien decía con razón que fuiste «piedra angular de la Asociación» y presidente entre 1995 y 1999, y a él los cervantistas, como bien dice el presidente actual, «le debemos mucho». Tú eres para mí alguien importante, como lo es ser necesario, estas en mi escritorio desde hace años, muchas veces abro una edición del Quijote que adquirí hace tres años, mi libro naranja de Austral, el QVAB de las notas que comento de la tercera salida del hidalgo. La mayoría de las televisiones se han fijado esta semana en un Kobe, alguien que representa el sueño de muchos entre los que no me incluyo. Yo me fije en la muerte de un viejo que llenó con su saber muchas de mis horas de lectura llamado Riquer en 2013, y hoy me fijo en ti, como me fijo en el valetudinario Francisco Rico. Tú eres otro sabio que echaré en falta. De ti me dice mi amigo que eras buena gente, alguien con soluciones, algo no tangible y que quizá no se valora demasiado. 
   –Dijo a esta sazón don Quijote–, que el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho. Y en esta categoría entraba el maestro Blecua, no hace falta andar demasiado para llegar muy lejos, a veces solo es necesario abrir un buen libro, y eso es lo que tú nos has enseñado a tus lectores y alumnos. Tu recuerdas en tus paginas la tradición aristotélica que nos decía que al nacer se produce la muerte del alma, así yo recuerdo a mis lectores que tu alma está viva, y esa es a la que yo invoco, cual arúspice, para que me acompañes hasta que mi alma viva de nuevo y te pueda explicar alguna cosilla interesante, quizá para que tú (nunca te gusto el «don») me la aclares. Yo abriré tus páginas nuevamente, serán tus letras un tesoro que redescubrir, un nuevo arcano que siempre contemplaré con ilusión, sabedor de que tu tesoro no está en el brillo, ni en el peso, si acaso en una ordenada tesitura de signos misteriosos que elevan el conocimiento por encima de lo material. No se puede volar si de nuestro cuello pende un ancla, aunque sea de oro.
Siempre creo que la mejor manera de recordar a quien queremos es acordarnos de cómo quería ser recordado, es por eso que cojo el libro naranja que tengo al lado y me dispongo a abrirlo para gustarlo.»La locura de don quijote resulta ser, como la poesía, (enfermedad incurable y pegadiza)», en frase feliz del autor. Unas frases de Blecua recordando a fray Luis de Granada me sirven para despedirme de ti: «llegada es ya mi vejez, cumplido es el número de mis días; agora moriré a todas las cosas y ellas a mí. Pues ¡oh mundo, quedaos a Dios; heredades y hacienda mía, quedaos a Dios; amigos y mujer y hijos míos, quedaos a Dios, que ya en carne mortal no nos veremos más!» (Libro de la oración, 1554, I, 3, 1). 
El que no aprende de los que se van está condenado a la indigencia material y espiritual, y Blecua aprendió de su padre José Manuel, y Blecua enseñó en Harvard y la Sorbona, y algo sabía del Lazarillo escrito por el conquense Alfonso Valdés, de un Lazarillo que en Cuenca no se recuerda. Sin memoria nada somos, sin cultura poca cosa, sin pasado no tenemos futuro, y si nuestro presente depende de las instituciones y sus señorías no hay nada que hacer. Por eso recuerdo al maestro, al que nos puede enseñar, a quien se puede imitar. El maestro comparte lo que sabe, sacia al que se acerca con una pregunta, colma con el detalle del saber compartido, con una pregunta resuelve una duda. Yo he perdido un maestro que me deja su ejemplo. Le tendré cuando recuerde que su saber también es mi querer, seguir abriendo mi libro naranja el consuelo y su compañía.



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