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El PP sale del coma, pero aún está en estupor

Carlos Dávila
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Los populares se han metido, por la inconsciencia, estupidez o ira de sus líderes, en un ininteligible conflicto que deberán superar de la mano de Núñez Feijóo

El presidente gallego (i) es la esperanza para reflotar el partido, cuyo Jefatura dejará Pablo Casado en un mes. - Foto: Diego Puerta

La clínica define estos dos estados muy precisamente. El primero va paradójicamente detrás del segundo. Es más grave. Aunque no inexorablemente. Del estupor una persona solo puede ser rescatada si se le aplican remedios estimulantes que sean físicos y, desde luego, muy enérgicos. Vigoroso es el término más adecuado. En el coma, escriben los manuales, existe una evidente falta de respuesta de la que el individuo, según señala el indispensable Manual Merck (la biblia entera de toda la Medicina) «no puede ser sustraído». 

No hacen falta mejores referencias para determinar cuál es el estado político en el que aún se encuentra el PP tras el ininteligible conflicto en el que se han metido, por inconsciencia, estupidez o ira, sus dirigentes. Uno de ellos perteneciente a la facción digamos casadista, reconocía, ya dimitido, al cronista en un rasgo insólito de autocrítica, que «las cosas se han hecho mal y sobre todo en la transmisión de las relaciones con Isabel Díaz Ayuso». Un eufemismo que no esconde la brutal realidad: se han pasado 12 pueblos, la antinomia profesional se ha convertido en una bronca personal irreparable. Este mismo dirigente, muy cercano al exsecretario García Egea, añadía: «Nuestro objetivo no era llegar al enfrentamiento personal».

Pero, ¿son memos o qué? Cuando el propio Pablo Casado admitió en uno de sus famosos y muy a menudo torpísimos tuits que «lamento el daño que hemos hecho a la imagen del partido», pregunto: tras la confesión ¿podía seguir un minuto más al frente de la organización? ¿Es que no eran él y los suyos responsables de lo que estaban haciendo? ¿Con qué clase de niñatos nos hemos jugado los cuartos? Lo peor es que ellos, los exdirectivos del PP, no se reconocen estupefactos a punto de haber conducido al coma su partido. Van y se preguntas como púberes bobalicones: pero ¿qué hemos hecho mal? Y ahí no se ha quedado la peripecia; no, es que han volcado sus taras, también clínicas, sobre todo el gran círculo que rodea al PP. El hombre de la calle, el que nos podemos encontrar en el supermercado, en el bar o en el cine, ha seguido a esta turbamulta literalmente irritado, gráficamente, «hasta los c…… de estos tipos». Con toda la razón: no le cabe en la cabeza lo que ha sucedido y ya no perdonan. Esta es la cuestión. Casado, un sujeto brillante, simpático, riguroso y entregado se ha convertido por decisión propia en un ser huidizo que, por huir, huye hasta de sí mismo. Durante un mes más y hasta el Congreso que se celebrará en Sevilla los días 1 y 2 de abril.

En su desesperación por ganar este partido se inventó reuniones, juntas, entrevistas, martingalas… Y sus mejores amigos explotaron. Lean si no lo que manifiesta una dirigente que hasta el mismo jueves era una amigable colaboradora de su presidente y ya se ha pasado con armas y bagajes a la facción contraria: «La gente no es idiota y ha abandonado a Pablo y ha fichado por el dúo Ayuso-Feijóo, ahora lo que se espera es el desafío Sánchez-Feijóo». En el PP ha estallado lo peor de cada uno, las prisas por alinearse con el presunto vencedor, las justificaciones sin el menor pudor, y el sobeteo miserable a los nuevos líderes. Todo esto en un ambiente estupefacto (vuelvo a rescatar el término) en el que todos sabían, porque son tontos pero no hasta tal punto, que o agitaban violentamente la turmix, eliminaban a los perdedores y respondían a las exigencias de su sociedad de votantes y simpatizantes, o se colocaban directamente en situación extraparlamentaria, imitando al dedillo a lo que hace decenios sucedió con la llorada, ahora, UCD. 

 

Tareas pendientes

Se ha cerrado una pantalla. Aparece la siguiente en la que Feijóo tiene, al menos, todas estas tareas pendientes; afianzarse como líder de los aún estupefactos, prepararse para las incurias ya próximas de Sánchez, dejar su herencia bien dispuesta en Galicia y organizar una sucesión en Madrid que tiene que arrasar con todo lo precedente. La Junta del martes venidero es una asamblea compleja a la que están citados nada menos que 550 militantes, que tendrán que votar en su dos tercios los términos del Congreso. El PP no tiene mucho tiempo para resucitar. En abril quedará poco más de un año para las elecciones autonómicas, también las de Madrid, y municipales. O el PP llega a la cita en paz y armonía con un líder sólido acostumbrado a vencer cada vez que se abren las urnas, o se quedará sumergido en un coma profundo que por lo general es la antesala de la muerte. Política en este caso.

 Poco vale ya llorar sobre los litros de leche derramada en este conflicto. Vamos a ser medianamente optimistas recordando la sentencia con la que Joaquín Garrigues Walker cerraba todas sus crisis, incluida la suya biológica: «Las cosas se tienen que poner mal, muy mal para que alguna vez se pongan bien». Pues eso. Fuera permanece la voracidad letal de Sánchez y todos sus asociados más repulsivos, y este Vox que en este momento, por pura conveniencia, se muestra templado con el PP para propinarle una dentellada en cuanto la situación le sea propicia, pero, sobre todo, esperan los millones de personas que han votado a un partido de centro que se ha comportado como los peores miembros de las maras, esos delincuentes que están asaltando nuestra vida diaria. Del estupor, del que todavía no ha salido el PP, al coma solo median horas. En el caso del PP, las que faltan para que este martes comience la regeneración rigurosa de un partido que solo hace cinco meses arrasaba en las encuestas al bribón de La Moncloa, y que en esta tesitura ha bordeado, parece mentira, su desaparición. La estimulación física y vigorosa es imprescindible. ¡No se peleen más por Dios! Guarden sus armas para la trascendental ocasión de despojar al gobernante más felón que haya tenido nuestra España desde Fernando VII, del lugar que okupa en sus palacios de primavera, verano, otoño e invierno. Esa es la gran urgencia del país, no cómo salvar la cara a los vencidos, víctimas de sus errores, de su celotipia y de su descomunal torpeza.