RUMBOS EN LA CARTA

Juan José Laborda

Historiador y periodista. Expresidente del Senado


Israel y el nacimiento de una nación

18/04/2021

D.W.Griffith, en 1915, estrenó su notable película, todavía de cine mudo, El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation), que me sirve como título de este artículo.

Es un filme que relata el surgimiento de los Estados Unidos después de la guerra civil, la Guerra de Secesión, y aunque sea una película racista, en la que se ensalza al Ku Klus Klan como defensor de los blancos sureños frente a las leyes igualitarias, y frente a los esclavos recién liberados, El nacimiento de una Nación es una obra maestra, cinematográficamente, pero también por la prodigiosa captación de la violencia que acompañó al nacimiento de la nación norteamericana, como ocurre casi siempre cuando emerge un nuevo Estado, y la nación que surge de él.

Las imágenes de D.W.Griffith son un relato fantástico -en todos los sentidos de la palabra- de unos acontecimientos singularmente americanos; así, un sentimiento de pueblo elegido por Dios, que busca -en primer lugar, según su Constitución de 1787- la justicia, y después, la libertad, pero los esclavos de origen africano son una contradicción absoluta con esas declaraciones, y la Guerra de Secesión, tres cuartos de siglo después, será la evidencia de que esclavos y democracia fueron posibles en la Atenas de Pericles, pero era imposible con Lincoln y con la revolución industrial y la democracia representativa.

Ese peculiar idealismo norteamericano creo que se puede captar también en el Estado de Israel. Aunque el sionismo fue en su origen un movimiento nacionalista, inspirado en el pensamiento laico de la Ilustración europea, los fundamentos del Estado de Israel tuvieron siempre una matriz religiosa. Al fin y al cabo, la Biblia hebrea fue el único vinculo compartido que tuvieron los judíos durante los siglos que estuvieron dispersos por el mundo, sin patria física y sin Estado propio.

La Constitución de Estados Unidos, escarmentados los padres fundadores con las guerras de religión europeas, prohibe que las creencias tengan rango oficial; el gran historiador alemán, Ernst H. Kantorowicz (un refugiado judío del nazismo), confiesa en su libro, Los dos cuerpos del rey, su sorpresa al descubrir que las congregaciones monásticas eran sociedades anónimas en los Estados Unidos, que lo mismo pasaba con las diócesis de la Iglesia católica.

Sin embargo, la religión en Estados Unidos es un hecho inmanente, más que trascendente. Su presidente invoca siempre en sus discursos a Dios, y en ese sentido actúa como un emperador romano, como pontifex maximus, el sumo sacerdote, bien que teniendo en cuenta que pontifex significa constructor de puentes, y eso nos remite a la mediación entre los dioses y hombres, y su derivada, la tolerancia con todas las creencias (no tanto con el ateísmo, y en eso la moral norteamericana es claramente ilustrada y volteriana, deísta).

Además de la posición que las creencias religiosas tienen en ambos Estados, las minoría de los afroamericanos constituyen en Estados Unidos un problema de integración, como los árabes-palestinos para el Estado israelí.

Con una diferencia: los antiguos esclavos negros poseían la religión de sus amos, mientras los palestinos profesan (o reivindican) el Islam. Cuando Classius Clay, pasó a llamarse Muhammad Ali, al convertirse al Islam, me ahorra tener que explicar que esa creencia se manifiesta opuesta a la tolerancia religiosa de las democracias representativas.

Pero este hecho es distinto del pasado de luchas religiosas. Según mi apreciación, en nuestro tiempo, la lucha de los islámicos contra los cristianos, y también, contra los judíos, proceden de las nuevas circunstancias históricas que convulsionarán Palestina después de la Primera Guerra Mundial.

La derrota del Imperio Otomano, y la aparición de monarquías árabes en su antiguo territorio -Egipto, Jordania, Siria e Irak-, pero colonizadas por los vencedores europeos de aquella guerra -Gran Bretaña y Francia-, se saldó con una inestabilidad geopolítica que dura hasta hoy, más de un siglo después. Esta fue la consecuencia de la aplicación del principio de la autodeterminación (predicado como un derecho por el gran vencedor de la guerra, el presidente americano Wilson), que no fue otra cosa que un expediente interesadamente imperialista de franceses y británicos. Pero hubo dos pueblos, judío y palestino, que no tenían derecho a su propio Estado. Entonces, la religión y el nacionalismo fueron algo así como el combustible y el comburente de una explosión palestina, que no cesa de amenazar la paz mundial.