NUEVO SURCO

Javier López


Metidos en una botella (y II)

31/03/2020

Aquí seguimos con The Police en modo banda sonora, lanzando mensajes desde nuestra botella. El pico llega pero no llega mientras que Fernando Simón ha dado positivo, y es como cuando en las películas del oeste cae el que va con el banderín abatido por la certera flecha de un indio. Simón se ha convertido en un personaje familiar, controvertido últimamente, pero familiar. Con la noticia de su baja comenzó una semana, la tercera, en la que queremos ver ‘el pico’, aunque no sabemos a ciencia cierta si estamos ya cruzándolo. En realidad nadie lo sabe. Se percibe un cierto optimismo, como una cierta estabilización en la desgracia, que invita a pensar que pronto comenzaremos a descender, o quizá estemos ya haciéndolo, aunque sabemos que el descenso será tan dramático como la subida y que si a día de hoy estamos en el entorno de los diez mil muertos, el balance final será absolutamente aterrador. La semana ha sido en buena medida invernal. A todas luces estamos viviendo un invierno en primavera, pero la vida se sigue abriendo paso y se ha visto en algunas poblaciones del mundo a los ciervos caminan por la calle mayor y los jabalíes retozando en las plazas. Para pensar: el miedo que nos tienen estos animalitos que en este peculiar planeta vacío se encuentran a sus anchas.
¿Y qué vendrá después? Más allá del Apocalipsis. El Gobierno está lanzando la expresión “hibernación económica” para definir el parón casi total de todas las actividades. Escucho a los empresarios protestar por la forma de abordar el asunto. El frente económico será la gran preocupación una vez superada la alerta de salud pública, pero la emergencia sanitaria debe tener como prioridad el cuidado de las personas. Y tan importante es la vida del médic@ como del trabajad@r de un supermercado. Ellos son la primera línea de combate. Y en la retaguardia: si complicado es estar encerrado en nuestra casa por tiempo indefinido, mucho más es estar preparando jamones para su venta a en un túnel de congelación.  Debería primar ahora la responsabilidad social de las empresas, y también una atención mínima al autónomo, ese obrero-emprendedor que es el que se quedó más tirado en los primeros compases de la tragedia, siendo, como es, el nervio central de nuestro entramado productivo.
¿Y los ancianos? El horror en las residencias sigue campando a sus anchas.  Son la generación que con su sacrificio inmenso puso las bases del resurgir en nuestro país. Algunas residencias (privadas en mayor medida) han vivido durante años saltándose todos los controles y las homologaciones necesarias. Algunos de nuestros compatriotas han llevado allí a sus mayores, aparcados a ver lo que duraban sin molestar demasiado. La tragedia provocada por Covid-19 nos pone ante lo mejor de nosotros mismos pero también ante lo más sórdido.
Y mientras tanto, el pertinaz acompañamiento mediático, y esa obsesión eterna,- nada nuevo en nuestro país-, del confinamiento ideológico de la población en dos compartimentos estanco irreconciliables. Lo estamos viendo de nuevo en estos dramáticos días. Unos critican los procesos de privatización de la sanidad que están repercutiendo de forma tan negativa en una emergencia sanitaria como la que padecemos. Otros ponen todo el peso de la culpa en las negligencias evidentes de este gobierno de España en las semanas previas al estallido de la pandemia, y cada bando con su correspondiente coro de tertulianos e influencers. ¿Y no es posible escuchar alguna voz que critique a un tiempo las privatizaciones pasadas y las negligencias recientes?. Yo me apunto. Yo quiero una transversalidad amplia  para España, también desde el lado del análisis y la crítica. Nos va la vida en ello, nos va en ello una mínima higiene informativa y moral.
No quiero ser demasiado pesimista. La curva va aplanando y eso es muy buena noticia. Pero esta semana hemos seguido padeciendo un invierno en mitad de la primavera. Frío y agua, y aquí seguimos confinados, metidos en nuestra botella,  al borde de una Semana Santa sin procesiones, ni bares, ni jolgorios. El don Guido machadiano (’aquel trueno vestido de nazareno’) se queda en casa.  El turismo se hunde. Los más pesimistas auguran que los turistas no volverán por aquí hasta 2022. Nos vamos a quedar solos con nosotros mismos, sin visitantes y con una Unión Europea dada a la fuga. Ojalá no se cumplan las peores previsiones. Mientras, Lola Flores nos sigue diciendo: «Si me queréis, confinarse», y así podrá ir saliendo el sol.



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Cuando todo esto pase sé que volveremos a reír juntos, a salir a los bares. Ahora os echamos de menos, y sé que vosotros también