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Prevenir es curar

Leo Cortijo
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Javier Soria entiende la seguridad como una «cuestión de tiempo»... el tiempo que un ladrón tarda en abrir una casa. Él es el encargado de convertir una vivienda en un auténtico fortín.

Prevenir es curar - Foto: Reyes Martínez

Hace no tantos años, cuando Javier jugaba en las calles del barrio de Tiradores Altos, junto a la ermita de Nuestra Señora de Fátima, había una manía muy extendida que consistía en dejar las puertas de las casas abiertas durante el día. A nadie parecía preocuparle lo que pudiera pasar ni quién podría entrar a la vivienda. Eran otros tiempos y otra forma de ser y estar en este mundo. Ahora el panorama ha cambiado sideralmente. Ahora, sencillamente, eso es algo «impensable», comenta este conquense que de proteger hogares sabe... y mucho. No en vano, es el gerente de una de las empresas más importantes en este sentido de las que opera en la capital, Acorsistem.

Su función fundamental es vender puertas. Pero por encima de eso, está el valor incalculable de la seguridad. Al final, señala, «si te sientes seguro te sientes feliz», y no puede dar con mayor acierto en el centro de la diana, y es que la tranquilidad es un intangible de catedralicias proporciones. Javier entiende esa seguridad como una «cuestión de tiempo». ¿En qué sentido? Muy fácil: por lo que un ladrón tarda en abrir una de las puertas acorazadas que él despacha en su negocio. Las hay de diferentes grados dependiendo de ese intervalo temporal. Una puerta de grado dos, por ejemplo, «son 15 minutos continuados de ataques con radiales, martillos eléctricos y todo tipo de herramientas profesionales». Una de grado cinco eleva esa cifra por encima de los tres cuartos de hora. Un fortín imposible de sobrepasar en una vivienda al uso rodeada de vecinos.

Los conquenses, asegura Javier, están «muy mentalizados» en lo que a esto respecta. Y no se debe única y exclusivamente a la pandemia: «No tiene nada que ver, la tendencia viene ya de unos cuantos años». Desde la puesta en marcha de Acorsistem, no hace ni 15, la compañía ya ha instalado más de 2.000 puertas acorazadas, únicamente en la ciudad. Lo que motiva un incremento en las cifras son las olas de robos que de vez en cuando se producen. De hecho, noviembre del año pasado fue el mes en el que más instalaciones de este tipo realizaron precisamente por ello, porque entre los vecinos de una zona corrió el «boca a boca» de que había personas que entraban a las casas.

Muchas veces las puertas acorazadas demuestran su efectividad por el mero hecho de serlo. El ladrón ni siquiera pone un dedo encima de ellas, y es que como bien apunta Javier «saben a lo que se van a enfrentar» y, directamente, prefieren marcharse a otra vivienda con un nivel de seguridad mucho menor. El factor de la disuasión funciona, pues no se cuentan ni por una ni por dos las ocasiones en las que en un mismo piso, por ejemplo, los cacos han entrado a robar únicamente a las casas que más fácil les ha puesto la tarea. «El modus operandi siempre es el mismo, van a lo más fácil y a lo que menos ruido haga», subraya un Javier que pone el foco en un asunto a tener en cuenta, y es la «desagradable sensación» de comprobar que han entrado en tu casa, pues «sientes que han violado tu intimidad».

Ahora ese mismo foco también se dirige hacia un problema en auge, como es la ocupación. Cada vez son más los conquenses que tienen casa en la ciudad pero que viven en otros sitios y apuestan por instalar puertas acorazadas para sus viviendas. En este sentido, como en la vida en general, prevenir es curar.