Editorial

El pulso independentista no cesa pese a la indulgencia de Sánchez

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Es destacable la capacidad de Sánchez para retorcer la realidad hasta el punto de hacer ver que la mayoría de la opinión pública, instituciones y organismos defienden su política de indultos. Una medida reforzada por sus apoyos parlamentarios, la salida de guion del presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, y por la pobre puesta en escena de la manifestación de Colón en la que los convocantes estuvieron más pendientes de la foto que de una cuestión de fondo desdibujada también por el afán de protagonismo de Ayuso. Vive Sánchez más de los errores ajenos que de los aciertos propios, aunque la suerte no acompaña siempre al que acostumbra a jugar con fuego. Solo la aritmética parlamentaria, que no da opciones a la oposición, posibilita sus frívolos devaneos sin consecuencias políticas al menos en un horizonte de dos años.

Este martes, sin apenas contestación interna porque se ha neutralizado a los barones socialistas, el Consejo de Ministros aprobará la medida de gracia a los presos del procès que, lejos de agradecer una decisión de dudosa calidad democrática, se rebelan contra la misma. El arrepentimiento no asoma en los pensamientos ni declaraciones de los impulsores de un desafío secesionista convertido desde hace tiempo en un negocio político que han de alimentar. Basta con atender a las palabras del líder de Òmnium Cultural, Jordi Cuixart, aludiendo a que el capítulo de indultos «será el preludio de la derrota que sufrirá España en Europa», haciendo referencia a un posible revés a su sentencia condenatoria por parte de la justicia europea. En la misma línea, tanto que gusta Sánchez hablar de concordia y «magnanimidad», las palabras de Oriol Junqueras no pueden estar más en las antípodas de este sentir al considerar los indultos un triunfo que «demuestra la debilidad del Estado». Un claro ataque a la dignidad de un país. Equivoca el diagnóstico el preso de ERC, pues la única debilidad es la que evidencia su interlocutor en Moncloa, obligado por los favores debidos aún a sus socios. Así, los que se benefician de la benevolencia interesada del Gobierno no compran el discurso conciliador que tanto pregona un Pedro Sánchez que quiso buscar ayer la complicidad de la sociedad civil catalana en un acto cercano a la propaganda con protestas en la calles, en la tribuna y con la ausencia del Govern en su penúltimo desplante al Ejecutivo.

El Gobierno hace oídos sordos pese a ser consciente de que, detrás de su gesto injustificado, de las señales de humo vendrán nuevos fuegos. El indulto es ya una pieza menor y sus receptores demandan la amnistía, el regreso libre de polvo y paja del fugado Puigdemont y volverán a la carga y a clamar por la autodeterminación. No se entiende la indulgencia, claudicación, de Sánchez hacia los que inventaron un conflicto, encendieron las calles y lejos de deponer su actitud siguen defendiendo los postulados que les condujeron a prisión.



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