A SALTO DE MATA

José Luis Muñoz


La majestuosa iglesia de Valdeolivas

14/07/2020

Ahora que salimos pausadamente del aislamiento colectivo al que hemos estado sometidos durante tres meses y con unas perspectivas inmediatas no muy halagüeñas por lo que se refiere a nuestra capacidad viajera, que va a quedar muy restringida (hablo desde mi propia experiencia: el último viaje que debía haber hecho se evaporó y acaban de anular el que debería ser el próximo), quizá sea conveniente mirar a lo que tenemos más cercano y, por ahora, asequible, porque no requiere largos desplazamientos, ni buscar confusos vuelos aéreos ni andar a la caza y captura de hoteles imposibles. Por eso me propongo ocupar los artículos correspondientes a este verano con algunas visitas literarias e imaginarias a lugares muy cercanos pero que no han sido tocados por la gracia divina de la popularidad ni suelen aparecer fácilmente en los repertorios turísticos influidos por la publicidad oficial. Si estas incursiones ayudan a que puedan ser un poco más conocidos,  mejor para todos; quizá incluso alguno de mis hipotéticos lectores caiga en la cuenta de que tales sitios existen y sienta la tentación de acercarse a verlos en directo.
Quienes, siguiendo los tópicos al uso, tienen una idea preconcebida de cómo son las iglesias románicas, quedarán verdaderamente admirados ante (y dentro de) la iglesia de Valdeolivas, sorprendente y original edificio, por muchos motivos singular, que ha podido llegar hasta nosotros sobreponiéndose a un sinfín de avatares, que en diversas épocas han procurado atentar contra su esencia, pese a lo cual lo que tenemos a la vista es ciertamente admirable. La villa se encuentra enclavada en el corazón de la Alcarria y arrastra consigo un largo periplo histórico, desde la época en que formó parte de la Hoya del Infantado, al servicio de la famosa dinastía ducal de ese título. Auténtico vergel olivarero, el núcleo urbano fue mucho más atractivo de lo que ahora es pero pese a los desgastes del tiempo aún sigue siendo un espacio muy agradable para conocer y pasear.
En ese ámbito, a medias rural, a medias nobiliario, la iglesia ofrece un espectáculo sorprendente, en el que no se qué es más llamativo, si su elegante porte externo, con la airosa torre dominando el conjunto, o la espectacular presencia del Pantocrator que cubre el espacio del presbiterio. La construcción se inició nada más concluir la Reconquista en esta zona, a caballo entre el final del siglo XII y comienzos del XIII, un periodo especialmente fecundo en toda la comarca. Dejando a un lado el prolijo relato de los avatares técnicos, muy laboriosos, emplearemos nuestro tiempo en disfrutar de la considerable oferta estética que surge de la iglesia, tal como está hoy y que desde el exterior nos permite admirar la que, sin duda, es la torre eclesial más airosa, esbelta y elegante de todas las que forman el repertorio provincial. Tenía tres cuerpos en la estructura básica y otros dos superiores para alojar campanas, pero amenazando ruina, fue preciso desmontarla y reducir su elevación hasta dejarla tal como hoy la vemos.
Dentro, en el centro de la bóveda se encuentra la figura del Pantocrator, en actitud majestuosa y dominante como corresponde al Padre Eterno, circundado por la mandorla mística, posición desde la que bendice al mundo con la mano derecha mientras muestra el libro de la Ley Divina con la izquierda. En otra mandorla están incluidos los símbolos de los cuatro evangelistas, dispuestos de manera simétrica. A ambos lados del Pantocrator se sitúan dos grupos en disposición piramidal representando a los doce apóstoles. Todo ello, contemplado en la penumbra casi mágica que envuelve el interior de la iglesia, sorprende a la vez que subyuga, tal es la majestuosa y cálida belleza que desprende este singular conjunto pictórico.