OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Vida

09/06/2020

Lujo. La palabreja en cuestión lleva un rato rondando en mi cabeza. Me lo acaba de desear un amigo tras haber conversado sobre inminentes proyectos que, cada cual por su lado, nos planteamos para un futuro que se inicia hoy mismo. Que todo me vaya de lujo, me ha dicho. Al despedirme, esa expresión me atrapa. Conduciendo por una enrevesada carretera, reflexiono sobre en qué medida el lujo puede estar presente en mí. ¿Vivir sin prisas será lo deseable? ¡Qué tedio! Con lo que disfruto exprimiendo al máximo cada minuto. ¿Dormir más me dará vidilla? Salud posiblemente sí, pero de qué me servirá si la consumo en una cama y, peor aún, durmiendo. ¿Qué tal pretender sonrisas y afectos, traicionando principios a fin de mostrar un yo muy incómodo para mí? No tengo agallas para ello ni me atrae lo más mínimo. ¿Luchar por mis ideales o adaptarme a las modas de cada momento? Ante la atemporalidad de mis valores, hace mucho que sé cómo reaccionar ante las ocurrencias puntuales que nacen, se reproducen y mueren cada poco. ¿Sacar tiempo para contemplar la vida o disfrutar de lo que ya está a mi alcance? ¿Vivir con miedo o pisar de vez en cuando líneas rojas, comprobando la magia que provoca correr riesgos premeditadamente? ¿Perseguir con ilusión y entusiasmo lo que deseo o esperar postrado a que otros lo depositen ante mí pudiendo justificar así en sus gestos mi más que probable infortunio? El camino llega a su fin pero mucho antes mis cábalas han concluido. Unos amigos me llaman para decirme que esperan un niño. Otro, solícito, acude en mi auxilio ante mi desconocimiento sobre algo en lo que él es un maestro. Otro más abandona por primera vez su encarcelamiento, tras semanas de condena, mostrándome una vez más que está a mi lado siempre que lo necesito. Ese es mi lujo: el placer de, intensamente, vivir vertiginosa y amorosamente cada segundo de la vida.