ÁNGULOS INVERTIDOS

Jesús Fuentes


¿Son inocentes los ciudadanos?

Qué los políticos son malos es un tópico universal. Se repite en todos los países y en todas las épocas. La visión peyorativa de los políticos y la política la exhiben los ciudadanos en sus conversaciones habituales, se publica en los medios de comunicación, se escribe en novelas, en el cine, en series televisivas o hasta en ‘spot’ publicitarios. ¿Tienen algo que ver los ciudadanos con la calidad de los políticos y de la política? Acerquémonos a la situación de estos días. Desde que terminaron las sucesivas elecciones de esta primavera seca de la mitad Sur de España, los medios de comunicación y los comentarios habituales se nutren de los vaivenes  de unos y de otros para establecer acuerdos. Tanto trajín, para algunos, es la expresión del ‘cambalache’  tanguero, que cantara Gardel. Pocos se atreven a admitir que los políticos proceden de los ciudadanos y que el galimatías que tienen delante  es  el resultado de sus votaciones. O sea, que del  magma actual son responsables los ciudadanos, como lo fueron de los aciertos de la Transición. ¿Y los políticos? Lo  que hacen es interpretar de una manera o de otra la voluntad cívica. Como lo haría cualquier otro ciudadano, incluidos los que descalifican a los políticos, en el mismo escenario. Se ha votado en razón de  libertad de cada cual. Y lo que descubrimos  es que los propios ciudadanos son incapaces de entenderse a sí mismos y de articular su propia convivencia. Responsabilizar a los políticos  funciona como el exorcismo que nos exime de nuestra responsabilidad particular y colectiva, pero eso no deja de ser un mero truco para encubrir la realidad.
Las complicaciones  que se presentan para articular acuerdos y pactos no se debe a que los políticos sean malos, sino a unos resultados electorales que reflejan unos territorios confrontados entre ellos y unos ciudadanos confusos. Algunos encastillados  en diferencias identitarias, otros, cabreados con sus situaciones personales y sociales, los más por indiferencia. Se vota lo que se vota y eso convierte a los ciudadanos en artífices de la situación.  Sí es, sin embargo, responsabilidad de los políticos que, por razones personales o  tácticas, se promuevan ‘cinturones sanitarios’ a tal o cual partido o alguno de sus miembros. Un hecho insólito en  democracia que se define  por  el respeto al adversario. El ejemplo más exacerbado lo representa  el Sr. Rivera. Un mago de la exclusión, con los cables cruzados. Comenzó la campaña  estableciendo fronteras contra el Sr. Sánchez. Tras los comicios territoriales y locales anunciaron  que  firmarían pactos con quienes abjuraran del mismo señor Sánchez o actuaran en su contra. Igual de disparatado resulta imponer para la constitución de los Ayuntamientos  la condición de apoyar la aplicación del artículo 155 a Cataluña. ¿Cuándo? ¿Ahora? ¿Siempre?  ¿Cuándo  convenga a las estrategias  del Sr. Rivera?  O sea, nada de nada. Astillas para preparar los fuegos que vendrán. Y  por si fuera insuficiente tanta nadería toma cuerpo la ocurrencia de dividir los mandatos de varias alcaldías por años: dos tú, dos yo. Y eso sí, más parece responder a reparto de botín o a ‘egos’  de ‘última oportunidad’  que a proyectos colectivos o de profundización de la democracia. Para completar el cuadro absurdo del señor Rivera queda eso,  ensayado en Andalucía y repetido en Madrid, de que Cs forma parte de un gobierno  que ‘blanquea’ a un partido fascista, pero  nada tenemos con él. Una estulticia. No es de extrañar que el señor Macron no lo entienda. Tendría que ser muy cínico para comprender a Rivera.  ¿Son inocentes los ciudadanos? ¿Son malos  los políticos actuales?