NUEVO SURCO

Javier López


Lo real

15/07/2020

Algunos están intentando que las consecuencias devastadoras del Covid-19 abran en España una crisis política e institucional de grandes consecuencias aprovechando las investigaciones que se ciernen sobre el Rey emérito. El asunto es de gran importancia y  nos coloca ante la disyuntiva de la madurez como democracia avanzada. Felipe VI lo sabe y pronto se ha dado cuenta de la complicada operación quirúrgica de separar su reinado, que por fuerza debe ser ejemplar, de las aguas más turbias del anterior.
Lo cierto es que el sistema democrático nacido en 1978 estableció la monarquía parlamentaria como clave de bóveda de un amplio sistema de libertades individuales y públicas, un muy generoso reconocimiento de la diversidad de España mediante la inserción del Estado autonómico, y una economía libre con un fuerte componente social. Eso es lo fundamental, pero el enmarcado es la monarquía y finiquitarla es terminar con una constitución que nos ha proporcionado un periodo de prosperidad con libertad sin precedentes en la historia de España
Es  legítimo abrir un debate sobre república o monarquía, pero no es sincero este debate cuando se sustenta en emociones más bien relacionadas con pasados más o menos recientes de la historia de España porque resulta curioso que los defensores más acérrimos de la opción republicana nunca explican cómo sería su república. ¿Presidencialista, en la que los ciudadanos elijan por voto directo al Jefe del Estado? ¿Parlamentaria, en la que esa elección recayera en la compleja aritmética parlamentaria que tenemos?. Eso es fundamental.
Nos falta bastante sentido práctico y nos sobran emotividades añejas. Hoy por hoy tenemos a un Jefe de Estado con muchas lecciones aprendidas, preparado como pocos, y dispuesto a que su reinado sea ejemplar, incluso más allá de lo normal porque es consciente de que esa es la única opción de mantener en pie la institución que representa. ¿Quién serían hoy los candidatos a presidir la república? Salvo algunas excepciones la clase política española, sobre todo a nivel nacional, no parece estar brillando a la altura de unas circunstancias tan graves como las que estamos viviendo.
Sería mucho más conveniente establecer debates reales, previos a la forma de Estado y dejarnos de movernos tanto en el territorio de lo simbólico. ¿Cómo acercamos nuestros representantes a sus electores? ¿Cómo conseguimos que gobierne la persona que quieren los ciudadanos sin tanta dependencia de la aritmética parlamentaria? ¿Cómo convertimos el Senado en una auténtica cámara de representación territorial? ¿Qué hacemos para tener una efectiva separación de poderes? Lo real es un debate sobre la profundización en la democracia que establece nuestra Constitución mucho más que las particulares repúblicas de cada uno.
Por muy legítimo que pueda ser, nadie en su sano juicio es partidario de abrir ahora el melón sobre el futuro de la monarquía a cuenta de la cara más oscura de Juan Carlos I. Es cierto que será complicado separar su legado político de la supuesta relajación excesiva de su ética personal una vez que ese gran objetivo político estaba conseguido. La decepción para todos los que hemos crecido con la democracia que él coronaba ha sido mayúscula, por más que desde hace años se escucharan ‘off the record’ algunos comentarios en esa dirección. Es momento de que los jueces actúen sin limitaciones injustas y de la madurez y el sentido común de los ciudadanos.
En España, y a la historia hay que remitirse, somos muy aficionados a ponerlo todo a rodar como si fuéramos un país en eterno desasosiego y raramente en la edad moderna hemos conseguido unas cuantas décadas de prosperidad en las que nos ha ido bien, un éxito en toda regla. Ahora vivimos tiempos de decepción y desencanto y es muy fácil volver a tirar la casa por la ventana con la esperanza puesta en un nuevo inicio que siempre será incierto y en el que se pode cumplir el viejo axioma según el cual el camino hacia el infierno puede llegar a estar empedrado de buenas intenciones. Sería mucho más fructífero  que una política española, nueva de verdad, abriera debates sobre lo real que afecta a la vida de los ciudadanos y con el pragmatismo del sentido común aprovechar que a la cabeza del Estado, en su función simbólica, tenemos a una persona que ofrece confianza y garantías. Con eso nos hemos encontrado en medio de tanta turbulencia.