EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Los vulnerables

17/05/2020

La epidemia es una gran zurra para nuestros ancianos, que van teniendo un protagonismo en la opinión de las gentes que oscila entre el respeto, sea por la sabiduría que da su experiencia y la gratitud por haber hecho posible con su trabajo sacrificado el bienestar en que vivimos, y el fastidio por sustentar ideas viejas que no convienen al mundo moderno junto al gasto que supone el mantenimiento de esta clase improductiva. Esta doble mirada se da en la sociedad y también en el interior de cada uno y provoca que haya un pudor que en algunos impide decir realmente lo que se siente, especialmente entre los políticos. Por eso no es desdeñable acudir al mercado negro de las verdades -que son FB, WA y otros- donde los mensajes anónimos cuando son abundantes y unidireccionales delatan una corriente de opinión.
¿Qué hacer con los viejos? Al inicio de la epidemia apareció el twit de una concejala de Podemos en Canarias preguntando al público qué prefería: «¿Media docena de ancianos inútiles muertos o toda la economía de un país absolutamente destrozada?». Y respondía por sí misma: «A mí me sobran momias por la calle». Ni el mensaje ni la autora eran reales, pero este bulo fue acompañado por muchas opiniones y comentarios que iban en la misma dirección.
A finales del 16 y asustado por su derrota electoral, Iglesias presentó en el Congreso un proyecto para rebajar la edad de votar de los 18 a los 16 años -buena medida para ampliar el acceso de la juventud-, pero nadie se atrevió a decir que simultáneamente se limitara a los 65 años (la edad de jubilación) porque era una propuesta impresentable, pero ambas medidas eran prácticamente complementarias y por ello hubo también una oleada de twits contra una sociedad llena de «tontos y viejos que estaban jodiendo el futuro de los jóvenes».
Para remediarlo habría tres maneras Una: la natural del paso de los años que haría desaparecer a todos los votantes nostálgicos del franquismo. Otra: quitar el derecho de voto a los jubilados mediante una ocurrencia-ley. La tercera sería limitar su creciente expectativa de vida reduciendo las pensiones que además aliviaría a la economía del país.
Pero he aquí que la naturaleza ha intervenido con esta pandemia que, con la ayuda de nuestra quinta-columna de ‘expertos, está consiguiendo diezmar a nuestros ancianos. Inmediatamente han sido clasificados como los ‘vulnerables’ y esta adscripción es grave pues los constituye en grupo, un gueto donde cualquier individualidad lúcida queda ahogada en una categoría de común invalidez. El «vulnerable» verá recortados sus derechos y capacidades, entre ellos la libertad de viajar, conducir, opinar, congregarse, testificar, administrar, decidir, etc.
Cuando, en este pueblo de película cómico-absurda, el guapo, fatuo y tramposo alcalde ha logrado hacerse ‘necesario’, los viejos, feos y humildes del lugar nos hemos quedado como ‘contingentes’. Tomando pastillas, acariciando al gato, jugando al mus, y pensando con la lucidez de los finales que, mientras no escampe el ‘progresismo’, aquí no hay más que rascar.
Al menos, «amanece, que no es poco», aunque sea por poniente.



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