A SALTO DE MATA

José Luis Muñoz


Un día como hoy, hace 25 años

Desde las ventanas enrejadas de mi casa se puede contemplar, en línea recta, la imagen del Teatro-Auditorio de Cuenca, de manera que esa es una de las visiones primeras y más constantes que puedo apreciar cada día. Antes de que el edificio estuviera ahí había un desangelado hueco dejado por la cantera que en mala hora fue autorizada pero que, no hay mal que por bien no venga, sirvió para, en una inteligente decisión, prestar soporte a la noble arquitectura que hoy la ocupa.
Quienes tienen la costumbre de leerme, ahora y antes, saben que no utilizo mis artículos para exponer cuestiones personales. Hoy siento la necesidad de hacer una excepción: este 6 de abril, el Teatro-Auditorio cumple 25 años y ese hecho es insoslayable de mi propia biografía: trabajé con dedicación inimaginable los duros meses de los preparativos, pude sobrevivir con el humor a salvo la esperpéntica jornada inaugural y lo puse en marcha, contra viento y marea para dirigirlo durante los primeros 14 años de su vida. Decirlo en primera persona no me hace olvidar en absoluto a otros muchos seres humanos que algo y mucho tuvieron que ver en aquel proceso, unos para bien y otros para estorbar. Hacia los primeros guardo un reconocimiento inconmovible.
Antes de que pudiera tomar forma definitiva y, desde luego, mucho antes de que sus puertas se pudieran abrir aquel primer día y luego de forma continuada, la construcción estuvo sometida a todos los avatares imaginables, incluyendo de manera destacada quienes denostaron la obra con los argumentos habituales: gasto faraónico innecesario, atentado contra el paisaje inmaculado de la ciudad y demás cuentas del mismo rosario. Hay algunos artículos de la época de los que seguramente sus autores hoy se sentirían avergonzados pero lo escrito siempre queda.
Los principales enemigos estaban dentro y eso complicó las cosas. El dueño del edificio, el Ayuntamiento, es un ente verdaderamente complicado, en sus comportamientos y más si hay asuntos de dinero por medio. Poner en marcha el Auditorio les parecía una empresa disparatada amén de innecesaria: con las iglesias de San Pablo y San Miguel había suficiente para calmar las ansias culturales de la ciudadanía. Yo, que no tenía hasta entonces ninguna habilidad económica especial, me hice un experto en el saludable ejercicio de conseguir fondos municipales mediante artimañas y vericuetos que pueden dar tema para una novela de intriga.
La inauguración se fue alargando con un pretexto hoy y otro mañana. Hasta que alguien, que podía hacerlo, puso fecha fija, la del 6 de abril, y se acabaron las dilaciones. Tenía que ser un concierto y debía interpretarlo la Jonde, considerada entonces la Orquesta residente del Teatro-Auditorio. Lástima de oportunidad perdida. Tras la accidentada interpretación del himno nacional y la inevitable obertura, empezaron las agradables notas de Noche en los jardines de España, de Falla.
En el descanso, hubo un momento, casi mágico, en que la reina Sofía consiguió aislarse; junto al gran ventanal de la cafetería contemplaba cómo la imagen de Cuenca se iba envolviendo en la penumbra del atardecer mientras se encendían las primeras farolas. Los timbres de aviso anunciaban el comienzo de la segunda parte y doña Sofía seguía allí, abstraída en la contemplación de la ciudad. Tuve que acercarme a ella para indicarle que íbamos a seguir el concierto. Sonrió con ese gesto tan amistoso y cálido que es habitual en ella: «Es que esta imagen es tan bonita…». La acompañé hasta el palco y volví a mi asiento. Desde el escenario, la Jonde arrancaba ya el Concierto para piano y orquesta, de Bela Bartok. En el atril, Edmon Colomer; en el piano, Rafael Orozco. Veinticinco años hace de eso.