VERDADES ARRIESGADAS

Víctor Arribas

Periodista


La nueva religión

El calentamiento global de la Tierra es un hecho que ningún científico cuestiona a estas alturas del tercer milenio. Las estadísticas demuestran algo incontestable: que la temperatura sube cada década y los fenómenos como la sequía o la desertización han crecido en el último medio siglo en todo el mundo. En torno a la defensa de esta realidad ha nacido una nueva religión entre los hombres y las mujeres que busca a toda costa culpables de esta situación decretada por la Naturaleza. Y esto sí que es cuestionable: el dogma que considera que la acción del hombre puede evitar ese cambio climático evidente. ¿Se podría haber evitado el período de las glaciaciones que comenzaron hace dos mil millones de años?. ¿Se pueden evitar los terremotos, que por cierto son los grandes ignorados por la religión ecologista pese a las víctimas que causan?. La mejor acción que la especie humana puede emprender contra estos fenómenos es buscar soluciones a su existencia, paliar sus efectos en la medida que sea posible, más que culparse a sí misma de que ocurran.

Reducir las emisiones de gases contaminantes es una decisión necesaria para que sea más saludable el aire que respiramos, pero amenazar a los seres humanos con un apocalipsis ambiental, con la destrucción del planeta en un plazo inmediato, si no reducimos esas emisiones es una exageración en la que han caído instituciones nacionales y supranacionales, medios de comunicación, y organizaciones sí gubernamentales.

Como toda religión, el conservacionismo radical busca sus antídotos contra quienes lo cuestionan. Se reviste de suficiente dosis de buenas intenciones como para que nadie pueda contradecirlo sin ser señalado y masacrado en la plaza pública por ir contra la corriente que dictan los intereses ideológicos dominantes. Se arma de buenos gurús y ultra defensores, si pueden ser bajo el paraguas de Naciones Unidas, y añade unas gotas de tragicomedia empleando para ello figuras simbólicas que enarbolan banderas muy defendibles en sus postulados generales pero claramente radicalizadas y llevadas al extremo por esta nueva religión monoteísta. Hace no muchos años fue Al Gore, ahora es la niña Greta Thunberg. Mientras ésta última lanza a los cuatro vientos su profecía (“estamos a las puertas de una destrucción masiva”), sus padres abrillantan ya la estantería donde colocarán el Nobel.

No debería nadie cuestionar que debemos cuidar la Naturaleza y respetar al máximo el entorno en el que vivimos los seres humanos. Quien lo haga no es capaz de respetar lo que le rodea ni de respetarse a sí mismo. Lo que es más cuestionable es convertir esa defensa razonable y aconsejable de nuestro planeta en un arma que destruye a todo aquél que la cuestiona y criminaliza comportamientos inocuos para el futuro del mundo, como comer un filete o conducir un determinado tipo de automóvil.


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