CATHEDRA LIBRE

Miguel Romero


Evangelio

¡Escuché no hace mucho una homilia que me resultó gratificante y curiosa. Y es que reflexionaba sobre un término que nosotros, los católicos de educación, siempre hemos oído como parte fundamental de la Biblia en ese claro concepto de Evangelistas o difusores del Evangelio como dogma de fe e historia espiritual de la vida de Cristo.
Nos dice la RAE que la palabra «evangelio» viene del latín evangelium y éste, del griego euangelion cuyo significado es «buena noticia».
Y si seguimos analizando el vocablo en su composición, observamos que vendría de las palabras bien y mensaje, como esa narración de la vida y palabras de Jesús, es decir, la buena nueva del cumplimiento de la promesa hecha por Dios a Abraham, Isaac y Jacob de que redimiría a su descendencia del pecado por medio de la muerte de su Hijo unigénito.
Pero no quiero yo en mi columna hacer ninguna homilia para adictos a la fe de Cristo, ni para seguidores católicos, ni siquiera para cumplir promesas o deseos; mi intención es muy sencilla, tratar este término como esa buena nueva o buena palabra que ahora necesitamos como sociedad en evolución hacia fines más respetuosos.
Es decir, que escuchando el significado de esta palabra, quiero hacer notar, cuán bueno sería utilizar más habitualmente este concepto para huir de banalidades, o de inequívocos conceptos de nueva raza, olvidando aspectos xenófobos que condicionan el respeto y sentir el claro beneficio de una solidaridad hacia los territorios del mundo donde la paz no existe.
Recuerdo a Jerónimo Usera cuando nos dijo que «evangelio simboliza la verdadera libertad de los pueblos, conteniendo en sí mismo la paz del mundo, el esplendor de la ciencia y la gloria de la virtud». Y sin embargo, eso es lo que suele faltar en el mundo que vivimos.
Y es que Lucas Leys también dijo algo así, «recordemos, por favor, que el evangelio no es solo una fe que se siente, también es una fe que se piensa», por eso, me viene bien reflexionar sobre este término desde la óptica del pensamiento, de esa buena nueva o buena noticia que siempre esperamos y que nos haría ser más honestos con la vida que nos ha tocado vivir, en ese fiel equilibrio entre lo bueno y lo malo, entendiendo cada término en una práctica moderna de respeto, solidaridad, comprensión, humildad, equilibrio y «buena práxis» en convivencia y amistad.
Y aún así, quiero finalizar con un soplo de positivismo porque tampoco quiero hacer ver que esta sociedad en la que nos ha tocado vivir y compartir sea «tan mala» como queremos pintarla siempre, porque realmente también hay muchas bondades que deberíamos alabar, dejar fluir nuestros sentimientos con mayor facilidad y recrearnos en que hay muchas y buenas cosas a las que dedicar esa parte de nuestro «corazoncito». Todo es creer en ello, sentir que así es y que así podemos ser y, de una u otra manera, vivir con la confianza que supone saber cuáles son nuestros límites como personas. Traigamos más veces eso del Evangelio como buena nueva.