TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


¿Cuánto tiempo aguantará, así, Pedro Sánchez?

01/04/2020

Mis maestros en periodismo trataron de enseñarme que una crónica o un artículo no deben titularse con un interrogante, salvo que forme parte de la esencia del comentario que se escribe. Y preguntarse cuánto tiempo aguantará así, a este ritmo y rodeado de enemigos con piel de amigos, Pedro Sánchez es más aseveración que interrogación: quién sabe si el presidente del Gobierno más atípico en la Historia de la democracia española, el hombre que logró formar un Ejecutivo prendido con alfileres y con extraños compañeros de cama, podrá resistir -y eso que resistir, dice, es lo suyo- mucho más sin hacer cambios profundos. Puede que logre llegar y descender, con un precio altísimo, del pico de la crisis sanitaria. Pero difícilmente aguantará, tal y como va, las pandemias económica y democrática que llegarán a continuación.

Cierto que, cuando Sánchez, con el solo objetivo de resultar investido y poder formar Gobierno, se alió con quien se alió, durmiendo con su enemigo, no podía ni siquiera imaginar que iba a estallarle en las manos la mayor catástrofe que haya vivido España desde la guerra civil. El equipo, bisoño y mal conjuntado, que logró apañar, con dos almas y muy diferentes latidos en cada uno de los corazones, desde luego no estaba preparado para hacer frente a esto: no tiene este Gobierno más que dos meses y medio de vida -ni siquiera los cien días famosos- y ya se aprecian disfunciones, rencillas, carreras por el protagonismo y planes muy diferentes sobre cómo cimentar la nueva economía que va a surgir del enorme terremoto: con o contra los fondos de inversión, para simplificar. Nadia Calviño por un lado y Pablo Iglesias, por otro. El avance prudente frente a la revolución, para seguir simplificando, quizá demasiado.

Pedro Sánchez, en quien ya se aprecian algunos rictus de nerviosismo y ojeras de aquel insomnio al que él mismo, atendiendo a sus propias declaraciones, se condenó, es un hombre acorralado: por su propio vicepresidente -por mucho que se disfrace de amigo leal y capaz-, por las circunstancias terribles, demasiado terribles para un solo hombre, y por el propio coronavirus, que se ceba en la mismísima familia presidencial y en sus colaboradores. La Moncloa es hoy, y no lo digo de manera parabólica, un foco de contagio. Milagroso que el propio presidente, que debería, como el resto del Consejo de Ministros, estar en cuarentena, no haya quedado infectado, y quiera Dios que así siga porque, malo o bueno, es el único timonel en esta nave.

Pero no puede seguir actuando de manera unipersonal, casi, decía yo en días pasado, de forma autocrática. Sin controles parlamentarios ni, en la práctica, mediáticos. Sin fiarse de la oposición -al menos, de la leal oposición, porque desde algún otro sector no se conciben sino ideas peregrinas--, sin convocar algo parecido a unos pactos de La Moncloa, sin consultar sus súbitos decretos, que generan un clima de inseguridad jurídica.

Me parece que él, que es persona intuitiva y con fino instinto político, sospecha que la situación se le está yendo de las manos y que pagará, presumiblemente, un alto precio político por esto. Lo pagaría aunque lo hiciese bien, porque la ciudadanía tiende a buscar culpables públicos de sus sufrimientos privados. Algunos llevan tiempo diciendo que no le queda otro remedio que prescindir de sus pesadillas, fortalecer su Gobierno con gentes que sepan luchar contra este inmenso dragón con forma de virus, elaborando un esquema presupuestario de guerra y consensuándolo con la oposición, en una especie de nuevos pactos de La Moncloa, olvidando al tiempo a sus aliados independentistas, que ya se ve que aprovechan la menor ocasión para hacerlo todo aún más difícil.

No sé si, angustiado -lógico- por las cifras diarias de muertos, será capaz, al tiempo que intenta tapar la sangría, de poner en marcha toda una operación política de calado y de futuro. De momento, en sus comparecencias parece un portavoz de la batalla, no un estadista pensando en el mañana, Y el mañana va a ser, tiene que ser, muy diferente. Ya lo dijo el inteligente comisario de Mercado Interior de la UE, Thierry Breton: "tras esta crisis, se escribirá un nuevo mundo con otras reglas". Y esas reglas hay que ir, también aquí, o principalmente aquí, ya redactándolas. Y, si Sánchez no es capaz, tendrá que ser otro quien lo haga. Y más pronto que tarde.