LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Fantasmas de la guerra

La oscuridad de la noche se convierte en cómplice del vuelo de varios drones de EEUU sobre la zona fronteriza entre Siria e Irak. La tensión es máxima. La muerte de un contratista norteamericano en Bagdad a manos de milicias proiraníes es la gota que colma el vaso. Washington tiene claro que los constantes ataques contra sus intereses llevan el sello de las Brigadas de Hezbolá, un grupo perteneciente a las Fuerzas de Movilización Popular (FMP) que, apoyadas por Teherán, combaten contra los últimos bastiones del Estado Islámico y que en su día hicieron frente a la invasión norteamericana tras la caída del sátrapa Sadam Husein.
La acción es rápida, contundente. El bombardeo, dirigido contra varias bases y depósitos de armas, acaba con la vida de 25 personas y deja a otro medio centenar moribundo. La presencia de los más de 5.000 soldados estadounidenses en suelo iraquí cada vez está más en entredicho. Las heridas continúan abiertas.
La indignación en las calles se acrecienta. El ataque de EEUU desata las protestas entre el colectivo proiraní existente en Irak. Las autoridades alzan la voz y, tras advertir que su intención es revisar las relaciones con Trump, alientan a toda la población, la misma que se ha estado movilizando contra su propio Gobierno por la falta de libertades, de servicios esenciales como la luz o el agua potable y la enorme corrupción, a salir a denunciar los desmanes de los norteamericanos. 
Tras el multitudinario sepelio de los milicianos muertos en los ataques, varios centenares de ciudadanos iraquíes se dirigen a la Embajada de EEUU. La turba está enfurecida, desatada. De la proclama ¡Muerte a América! pronto pasan a lanzar piedras, hasta que un grupo encuentra un resquicio en la seguridad, consigue saltar un muro, se introduce en el recinto y revienta las cámaras de videovigilancia. La avalancha parece imparable. El miedo se apodera de los funcionarios, pero las fuerzas estadounidenses comienzan a lanzar gases lacrimógenos y consiguen con mucha dificultad dispersar al gentío. Oriente Próximo es un polvorín a punto de explotar.
Dos días después, el general Qasem Soleimani, cerebro de la Inteligencia y la fuerza militar iraní en el exterior, aterriza en el aeropuerto de Bagdad procedente de Siria. Cuando el convoy se dispone a abandonar la terminal, un MQ-9 Reaper norteamericano lanza varios proyectiles que convierten a los vehículos en dos enormes bolas de fuego que devoran un amasijo de hierro. EEUU acaba de asesinar a uno de los hombres más poderosos de Irán. El militar llevaba más de dos décadas sembrando la semilla chií en todo el territorio, estuvo detrás de la insurgencia de Irak durante la ocupación estadounidense y consiguió decantar la guerra siria del lado de Bachar Al Asad. El Pentágono confirma su muerte a la república islámica, que llora y jura venganza por la pérdida de uno de sus héroes contemporáneos.
El ayatolá Alí Jamenei ordena ataques contra distintas bases norteamericanas que se prolongan durante días. La escalada bélica provoca que los fantasmas de la guerra vuelvan a irrumpir con fuerza, pero la trágica noticia de la muerte de 176 personas tras el accidente de un Boeing 737 ucraniano que despegaba de la capital iraní hacia Kiev acapara todos los focos. Tras días de dudas, acusaciones y desmentidos, Teherán reconoce haber derribado el avión por un error humano, al confundir el aparato con un misil de EEUU. La unión que los ciudadanos mostraron tras la muerte de Soleimani se transforma en rabia y fuertes críticas a un régimen que hoy está en entredicho.
Pero, ¿cómo se ha llegado hasta este extremo? Irán, que es uno de los países de Oriente Próximo con mayores reservas de petróleo y gas, controla el Estrecho de Ormuz que permite el paso al Golfo Pérsico y por el que se transporta el 25 por ciento del crudo mundial. En la última década, el régimen chiíta ha tratado de extender su influencia a la vecina Bagdad, a Líbano y a Siria, algo que ha generado inquietud en Arabia Saudí, de mayoría sunita, y en Israel, socios de EEUU. Hay un enorme interés por controlar la zona.
La clave es que Irán es una amenaza para la seguridad mundial. Su programa nuclear con uranio enriquecido hizo saltar todas las alarmas, que se apagaron con el acuerdo suscrito en 2015 con la comunidad internacional, hoy en el aire por su incumplimiento, y que Washington decidió romper de manera unilateral hace un año. Europa también desconfía. Teherán sigue aumentando su producción.
Tampoco hay que perder de vista que este 2020 es año electoral en EEUU. La historia constata que cuando se hace campaña por la bandera hay réditos en las urnas. La popularidad de Kennedy repuntó entre 10 y 20 puntos por la crisis de los misiles de Cuba en 1962 y volvió a suceder lo mismo con George Bush durante la Guerra del Golfo. Trump lo sabe y quizás sea el más interesado en que esta crisis se prolongue en el tiempo.



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