LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Apadrina a un indepe

El otro día llegó una bandera de España a la radio, bien dobladita, y una misiva en la que se invitaba a apadrinar un independentista. Presa de la curiosidad, investigué la procedencia del envío y descubrí que se trata de cuatro jóvenes de Almería que decidieron liarse la manta a la cabeza y llenar de banderas españolas sedes independentistas mediante la fórmula del apadrinamiento. Hablé con uno de ellos y me explicó que todo había surgido en un bar durante el mes de noviembre pasado. Él regresaba de Gran Bretaña y había sufrido en sus carnes los argumentos indepes que cierto sector de la opinión pública inglesa había comprado. Según me contó por teléfono, decían que la calidad democrática española dejaba mucho que desear por la situación del procés. Alarmado por la inutilidad de sus refutaciones, de vuelta a España comentó lo ocurrido con los amigos. Fue así como nació apadrinaunindependentista.es. Lo he escrito multitud de veces y esta historia me reafirma. El gran fallo, el error colosal que los diferentes gobiernos de España han cometido ha sido no levantar ni articular un relato distinto al de los indepes. Ellos no tienen razón, pero manejan la propaganda; justo al revés que nosotros. El colofón de todo esto es la Pérfida Albión cabalgando nuevamente a lomos de la leyenda negra.
Los cuatro socios prefieren mantener el anonimato porque han recibido amenazas de muerte. Menuda calidad democrática la de los indepes. Les pregunto si no temen pasar por Vox o ultraderecha, a lo que me responden que dos de ellos son militantes del partido, otro de Ciudadanos o PP y un cuarto socialista, hastiado de los malabarismos de Sánchez. Quizá en su cabeza tenga lo que tantos otros hemos pensado nada más ver el cartel del PSOE. Haz que pase, pero rápido. O dicho en manchego, que por nadie pase.
La épica y el relato que les han faltado a los gobernantes españoles son sustituidos de esta forma por una modesta iniciativa de la sociedad civil que quiere reivindicar sencillamente la normalidad de sentirse propio, nativo, oriundo de su país sin tener que pedir perdón a nadie. La pregunta que habría que hacerse es cómo hemos llegado hasta aquí. Como la respuesta es evidente, el tiempo ha llegado ahora para la inmensa mayoría silenciosa que cree tener en sus manos la posibilidad de hacer algo. España es una nación viejísima que no ha conseguido romperse por más que sus propios hijos lo han intentado. Ha habido guerras civiles interminables, invasiones, dictaduras, monarquías, repúblicas, pero siempre hubo un sujeto que puso firme y enderezó la estructura cuando amenazaba ruina. El pueblo español. El llano, sencillo y resistente pueblo español. Resistente a su derecha y a su izquierda, pero español.
De ahí que iniciativas de este tipo confirmen mis sospechas de que España nunca se romperá y que el destino de Cataluña es su prosperidad ganada al mar y la península. Si con toda la marabunta de este veintiuno cansino y errante, los indepes sólo han conseguido dos millones de adeptos, están condenados al fracaso. Porque hay otros cinco millones de catalanes que no quieren la ruptura, la secesión, el etnicismo ni el tribalismo. Y, por supuesto, existen otros cuarenta millones de españoles que consideran suyo algo que por derecho, historia y consentimiento lo ha sido siempre. No hay nada mejor que apadrinar un indepe para que termine descubriendo la libertad.


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