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José Luis Muñoz

A SALTO DE MATA

José Luis Muñoz


Aún se puede salvar la iglesia de Caracena

16/09/2021

No es fácil conservar incólume el patrimonio acumulado durante siglos en un territorio, provincial en este caso. No lo es porque se trata de una ingente cantidad de edificios, porque muchos de ellos (quizá la mayoría) se han ido deteriorando con el paso de los siglos y porque, finalmente, cualquier recuperación debe ir vinculada a un cierto sentido de utilidad, lo que deja fuera aquellos casos que no van a servir absolutamente de nada. Esta es, en esquema, la situación que con reiterada frecuencia se sitúa en primer plano de la actualidad porque, frente a lo ocurrido durante siglos de indiferencia, ahora sí hay una cierta sensibilidad colectiva que nos hace mirar con preocupado interés hacia esos elementos (ermitas, castillos, puentes), situados en puntos alejados de los cascos urbanos y que deberían y podrían ser recuperados.

No hace mucho algunas redes sociales temblaron con indignados mensajes, acompañados de las necesarias tristes imágenes, a partir del hundimiento de la ermita de Villalbilla, una pequeñísima aldea, ya despoblada, del término de Villar de Domingo García. Se podría decir que es ley de vida, pero también que no hubiera estado mal un esfuerzo conservacionista encaminado a mantener el edificio en pie. Sin ánimo de hacer comparaciones, sí quiero poner la mirada y la palabra en un caso similar pero con unos factores agravantes que acentúan la delicadeza de la situación. Quiero hablar de la que fue iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, en la villa de Caracena del Valle, un pequeño y encantador templo románico, una de las primeras iglesias cristianas levantadas en la provincia, tan pronto terminó la conquista y empezó la repoblación. El lugar era propiedad del cardenal Albornoz, que lo menciona en su testamento. Ocurre, además, que no se encuentra en un paraje escondido, de difícil acceso, refugio de roedores y pajarracos, sino al lado mismo de la carretera, perfectamente visible, a 15 kilómetros de Huete, en el camino que tiene su origen en los Altos de Cabrejas.

Este pequeño templo es interesantísimo, además de estar situado en un paraje de considerable atractivo. El origen románico es perfectamente visible en el ábside semicircular y en la serie de canecillos situados bajo el alero. No queda nada de la cubierta, salvo un mínimo campanil. Inicialmente el techo era de madera, pero en el siglo XVI se modernizó añadiéndole la bóveda de medio cañón que puede adivinarse por el arranque de los arcos y que dejan entrever una cúpula de media naranja en el presbiterio. El interior fue reformado en el siglo XVIII; de esa época se pueden apreciar todavía restos de la decoración rococó, de gran calidad ambiental, que coincide con el último momento de esplendor que tuvo el señorío del lugar, ejercido por el marqués de Caracena. Luego vino la imparable decadencia, económica y social, el abandono del lugar, la despoblación, el desmantelamiento: el retablo barroco del altar mayor se llevó a Huete y la pila bautismal a Valdecolmenas de Abajo, donde se sigue utilizando como fuente pública. La imagen de la virgen está en la catedral de Cuenca.

Desde un punto de vista posibilista, de acuerdo con lo decía antes, se puede comprender que esta encantadora ruina no tiene ya recuperación posible, si por tal se entiende la reposición de todos los elementos perdidos, pero sí puede ser objeto de la consolidación de lo que queda, embelleciendo el paraje para transformarlo en un agradable punto de reposo para el viajero. Hay multitud de ejemplos similares en las tierras de Castilla y León o en el norte de España, y también los podemos encontrar en países cultos y preocupados por su patrimonio, como ocurre en Francia o Inglaterra. No se trata de hacer una cuantiosa inversión para recomponer el templo por completo sino un pequeño gasto para consolidar los muros y el ábside, limpiar el interior de todos los abrojos que ahora lo ocupan, restaurar lo que queda de las pinturas, sanear los alrededores, quizá incluso poniendo unos bancos y, en definitiva, poner al alcance de todos los viajeros un delicado y bellísimo rincón que de esa manera podría ser rescatado del innoble destino que le espera si continúa injustamente entregado a manos de la destrucción y la ruina.