OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Lastres

Por alguna de las cajas en las que conservo recuerdos del pasado debe estar mi colección de pegatinas. La creé, fundamentalmente, durante mi adolescencia aunque ya tenía bastantes de antes. Mi manía por coleccionar lo que fuese, adquirida en plena infancia, me llevó a decidir por entonces que los adhesivos pasarían a formar parte de mi vida. Dos eran, fundamentalmente, las fuentes de las que me proveía: las vinculadas a mis actividades de ocio y las que regalaban los partidos políticos en las campañas electorales. De las primeras tengo muchas; de las segundas una inmensidad, como diría un querido y añorado maestro. Cada vez que llegaba una campaña electoral, mi amigos y yo nos recorríamos todas las sedes de los partidos pidiendo bolígrafos, llaveros, carteles… pero sobre todo pegativas. A pesar de que mi ciudad era pequeña, los partidos surgían como setas. Pero eso a nosotros nos beneficiaba. Nos daba igual, o casi igual, el que ganase; lo de verdad relevante era que diesen muchos regalos. De hecho, nuestro hipotético voto iba cambiando, día sí y día también, dependiendo de los regalos que nos daban. Recuerdo que UCD se salía; teníamos una colección de chorraditas de ese partido que hacía nuestras delicias. Pero ojo que otros como AP, el PCE o el PSOE no se quedaban atrás. Por cierto que en mis recuerdos permanece vivo el de haber ido, por aquel entonces, por primera y única vez en mi vida, a un mitin para confirmar que, de mayor, jamás votaría a aquel partido y, más importante todavía, que jamás volvería a un mitin. Ambas cosas las he cumplido. Cómo añoro aquellas campañas. Aquéllas sí que tenían miga y no las actuales donde no dan pegatinas, asumiendo ese papel la tétrica colección de inútiles que, a modo de adhesivos pegados a las suelas de los zapatos de otros, no son sino, para todos, verdaderos lastres.


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