OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Pena

Madrugón. Todavía de noche, salimos camino de la cita que pondrá fin al malestar de meses. A la media hora me quedo solo en la habitación. He de esperar dos horas antes de recibir noticias sobre los resultados de la operación. Me caigo de sueño y me duele la cabeza. Un café y un analgésico remediarán el asunto; al menos eso quiero creer. Minutos después, en la cafetería, me siento en la mesa del rincón buscando tranquilidad y rezando para que la bebida me espabile y la pastilla me calme. De repente una voz, casi un grito, me llega por la izquierda. Le siguen palabras articuladas a modo de bronca que brotan de la boca de una treintañera. Me sorprende la actitud de esta ciudadana cuando habla a su padre —¡este se dirige a ella, constantemente, con «mira, hija», «escucha, hija»!—, mientras ella parece hablarle con odio, rencor, escupiendo bilis. Es inevitable no escuchar el cruce de palabras. Sesentón él, le pide comprensión a ella ante una decisión que se ha visto obligado a adoptar por el bien de la familia. Ella se dirige a él con una prepotencia solo propia de quien se cree superior moralmente y poseedor de la capacidad necesaria para dictar sentencias inapelables. «Tú lo que tienes que hacer…»; «A ver si te enteras de que…» le escupe ella a la cara mientras come churros como una cerda. Se me incrementa el dolor de cabeza gracias al tono de voz prepotente, chulesco y cruel de la tipa, quien falta permanentemente al respeto a su padre sin dejar de whatsappear. Harto, decido marcharme de allí. Media hora más tarde voy a la sala de espera. A mi lado, solo, encuentro al señor de antes, con los brazos cruzados y cara de lamento. Entre nosotros hay sitios libres. Al rato se levanta y marcha al lado opuesto. Compruebo que allí está ella recibiéndolo con aspavientos. Me agota su soberbia y falta de consideración; él me da pena.