A SALTO DE MATA

José Luis Muñoz


La alegre perspectiva de la vendimia

07/09/2020

En el campo, ya casi nada es como era. La progresiva mecanización de casi todas las faenas que antaño requerían mucho tiempo, mucho esfuerzo y mucha gente dedicándose a ellas han sido sustituidas por ese espectáculo tan curioso de que parece que nunca se ve a nadie trabajando. A veces hay un tractor por allí, o aparece una cosechadora por acá, pero es como si los cultivos crecieran solos, sin que haya manos atentas a desarrollar las actividades que son propias de un ciclo agrícola normal, desde la siembra hasta la cosecha. Naturalmente, eso es lo que parece, no lo que es, porque no existen milagros tipo maná bíblico que hagan brotar las plantas como por arte de birlibirloque hasta llegar a ofrecer el fastuoso panorama que se contempla habitualmente por donde quiera que uno vaya y que traduce la existencia de una agricultura muy potente, bien planificada y correctamente aplicada, que sabe aprovechar con inteligencia y habilidad cada rodal que ofrece la tierra.

En estos días que nos traen la agonía del verano y el presentimiento del inmediato otoño, el paisaje dominante en nuestros campos es el que ofrecen las dilatadas visiones de las viñas cubriendo hectáreas que parecen infinitas. Casi a las mismas puertas de la ciudad de Cuenca pueden encontrarse ya y no es una contradicción con el carácter agreste que parece corresponder a estos campos. Históricamente aquí hubo también viñedos que cubrían las necesidades de abastecimiento de los habitantes de la capital, de manera que no es extraño que sobrevivan algunas parcelas, pero donde realmente la perspectiva resulta admirable es en las comarcas manchegas, un auténtico vergel cubierto de un verde rabioso bajo el que es fácil encontrar los racimos de uvas ya preparados y en sazón para que manos habilidosas los desprendan y trasladen a los carros con los que emprenderán su definitivo viaje hacia las bodegas.

Como suele ocurrir siempre en todo lo vinculado con la actividad económica, los que entienden se dedican a hacer predicciones. Es esa una circunstancia muy de nuestro tiempo: no basta con esperar a conocer los datos reales sino que hay un cierto regusto en intentar adivinar, predecir, lo mismo da que sea la temperatura ambiente o la evolución del PIB. También, claro, en la agricultura. Observo que en los augures que actúan en este terreno hay un cierto desconcierto, que va desde los que aseguran que la vendimia de este año va a ser excelente, hasta los que añaden el inevitable “sí, pero”, de acuerdo con la tendencia nacional, bien arraigada, hacia el pesimismo (y en estos tiempos, es una tendencia más acentuada de lo que venía siendo ha moneda corriente). Pero no seguiré por ese camino, puesto que no entiendo absolutamente nada de precios y mercados, salvo tener el convencimiento de que es materia muy resbaladiza.

No van por ahí estas palabras sino por lo que viene siendo materia de mis predilecciones últimas, las que tienen que ver con la belleza, la armonía, el equilibrio, en la vida y en la naturaleza. Desde esa perspectiva, contemplo los paisajes de nuestros campos, cambiantes en función de los cultivos de cada temporada, agostándose ahora el girasol perdida ya su belleza cromática mientras la ofrecen en plenitud esas hermosas viñas tan incardinadas en el sentimiento humano desde los tiempos bíblicos. Dentro de unos días comenzarán, si es que no se han iniciado ya en algunos lugares, las faenas de la vendimia, dando forma a ese ciclo vital que ha generado tantas hermosas palabras, tan sugerentes versos. Y luego, como es ley de vida, quedarán silenciosas las cepas, desnudas ya del turgente manto verde, para dejar pasar el tiempo en espera de que vuelva a reanudarse el ciclo eterno, ese que no sabe de crisis ni de pandemias.