BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


El último mohicano

07/03/2020

Algunos pensaban que ya había muerto físicamente, porque moralmente murió – en especial para los ortodoxos– aquel 4 de marzo de 1983 en que Wojtyla, en aquella funesta visita a Nicaragua, con gesto duro y el dedo índice acusador, lo reprendió públicamente ante el mundo entero, mientras Ernesto Cardenal lo recibía arrodillado, por formar parte del Gobierno Sandinista. La imagen, como no podía ser de otro modo, dio la vuelta al orbe y se convirtió en la lucha de Juan Pablo II contra las ideas sandinistas y de izquierda. El papa no sólo recriminó a Ernesto Cardenal que propagara doctrinas apóstatas y que formara parte del gobierno sandinista, sino que, no contento, trece meses más tarde, en el marco de la guerra fría, suspendió a divinis del ejercicio del sacerdocio a los sacerdotes Ernesto Cardenal (59), Fernando Cardenal (50, hermano del anterior), Miguel D´Escoto (51) y Edgar Parrales, debido a su inscripción a la teología de la liberación; y así, hasta que treinta y muchos años después, el 17 de febrero de 2019 se daba a conocer una carta del papa Francisco a Ernesto Cardenal informándole del levantamiento de la suspensión impuesta por su predecesor.
Para entonces el daño estaba hecho, y aquel hombre, único en su género, poeta, sacerdote, teólogo, escritor, traductor, escultor y político nicaragüense, uno de los más destacados defensores de la teología de la liberación en América Latina y ministro de cultura del gobierno surgido de la Revolución Nicaragüense, tras el triunfo del Frente Sandinista el 19 de julio de 1979, tuvo que plegar velas, por más que mantuviera su compromiso político ocho años.
Y es que si algo tenía claro este nicaragüense de pro, era su ideario, en una época en que el estallido demográfico latinoamericano, la pobreza imperante y la actitud canallesca de los Estados Unidos apoyando a los grandes caciques centro y sudamericanos, hacían imprescindible dar un paso allá porque estaba claro que la oración no bastaba para establecer un régimen más justo y esperanzado.
Asesinado Che Guevara, superados los horrores de Videla y Pinochet, la figura emblemática de Cardenal se convirtió en testigo activo de la historia de Hispanoamérica, acaparando distinciones bien merecidas, por más que la Academia Sueca no se atreviera a otorgarle, en 2005, un Nobel de Literatura que le había hecho honor, como poeta y como hombre comprometido (algo parecido a lo que ocurrió, en dos ocasiones, con nuestro Galdós), pero así se escribe la Historia.
Hoy nos enteramos que el 1 de marzo, Ernesto Cardenal, tras una dilatada existencia, dejaba la vida a los 95 años, convertido en un símbolo de resistencia y convicción, y colmado de reconocimientos por parte de muy diversos gobiernos, como el de Chile –de quien en 2009 recibía el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda de manos de la presidenta, Michelle Bachelet–, o el de México –cuya Academia Mexicana de la Lengua lo elegía miembro correspondiente en abril de 2010, y dos años más tarde lo distinguía con el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana–. También fue presidente honorífico de la Red Internacional de Escritores por la Tierra. Pero ninguna satisfacción mayor que el ya citado levantamiento, por parte del papa Francisco, en 2019, de la suspensión a divinis que pesaba sobre él. Se sabe que horas antes, el obipo auxiliar de Managua, monseñor Silvio José Báez, hizo pública una fotografía arrodillado ante la cama de Ernesto Cardenal en el hospital donde estuvo ingresado por insuficiencia renal, explicando que el obispo había pedido a Cardenal su bendición como sacerdote de la Iglesia Católica, a lo cual él accedió. Hay batallas que se ganan después de muerto. El problema es esa Hispanoamérica que languidece más y más.