LOS POLÍTICOS SOMOS NOSOTROS

Enrique Belda


Candidaturas electorales: ¿Qué tal si preguntáis a la gente?

Con elecciones generales inminentes y reiteradas, vuelve a quedar en evidencia el alejamiento de la ciudadanía respecto de los partidos políticos, científicamente demostrado por las encuestas, e incrementado por la repetición interesada que ha provocado Pedro Sánchez (aunque veremos cómo le sale). Desde esta página se viene denunciando de manera sistemática uno de los motivos clave en la falta de credibilidad en la democracia de muchos electores: la inexistente participación de los votantes en la selección de candidatos. Con ocasión de los variados intentos que algunos ofrecieron para blanquear esta negra realidad, a través de las denominadas ‘primarias’ (el PSOE hace tiempo, luego Podemos, y por último Ciudadanos), denunciábamos la mentira que se edificaba sobre una pseudo participación reservada solo a algunos de los militantes de cada formación política, que se erigían en falsos portavoces de todos los residentes de un territorio, proponiendo que lo lógico fuera que se preguntara al cuerpo electoral en un procedimiento reglado, al estilo de países como Estados Unidos, pero con un modelo mejorado. De esa manera, llegadas estas fechas, la ciudadanía habría solventado, participando democráticamente, quiénes tienen que entrar en el juego electoral, impidiendo que se arregle en los despachos el escalón fundamental de confeccionar candidaturas, previo a las elecciones. Y así pasa: ahora te encuentras en todas las listas de todos los partidos que el criterio de elaboración va desde arriba hasta abajo, y los políticos profesionales, que no los vocacionales, tienen ganada o intentan tenerla, su posición electoral por el mero hecho de la proximidad personal o conocimiento directo de las élites de los partidos, siendo la excepción, como se decía aquí la semana pasada, las nuevas incorporaciones a las que les toca la lotería con puestos secundarios y casi siempre irrelevantes. Si al menos la falsa participación previa, es decir, la que se reserva a la militancia, fuera fundamental para determinar candidaturas, se produciría un proceso inverso, de abajo hasta arriba, aunque con resultados igual de engañosos sobre lo que es el verdadero sentir del votante, que no concuerda con las impresiones de los participantes en primarias o congresos, que tienen una visión naturalmente mucho más ideologizada y habitualmente interesada, si ocupan escalones de poder local. Pero ni siquiera esa suerte de participación trasciende pues luego tras los congresos, acaban siendo los más Sanchistas, o Casadistas, o de Pablo Iglesias, aquellos que apostaron por candidatos perdedores o caídos en desgracia, pero que corrigen rápida y diestramente su falta de ojo. No se puede andar premiando fidelidades personales, oportunamente ofrecidas en desayunos, cenas o mediante circunstanciales amigos y conocidos: en un partido democrático parece lo más lógico buscar a los mejores en la sociedad, los trabajos, y la adaptación a los perfiles mayoritarios de la ciudadanía.


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