NUEVO SURCO

Javier López


¿Una cañita al aire?

31/03/2021

Ya vamos por la segunda vuelta y la cuarta ola (según todo parece indicar), y nada parece tener visos de arreglarse con celeridad. Cuando digo nada me refiero a lo que nos importa, retomar nuestra vida en toda su anchura y amplitud. Lo que nos importa a los que vivimos sobre el terreno de lo cotidiano sin trampa ni cartón. ¿Acaso será posible?. Me temo que la secuela será fuerte, como lo es una guerra, un terremoto o un tsunami, y que cada uno salve las distancias que quiera salvar, pero en mayor o menor medida secuela nos quedará. Y en el mejor de los casos el año que viene (crucemos los dedos) retomaremos la Semana Santa con todos sus bullicios, sus cirios y sus sones, con sus mantillas y caperuzos, y hasta los Don Guido machadianos volverán a la procesión, eternos truenos hispanos vestidos de nazareno.
Volverán aunque no será igual. Estoy convencido que el año que viene en las puertas de las iglesias españolas habrá una emoción desbordada esperando la salida de imágenes de Cristos y Vírgenes  que marcan nuestro palmito primaveral y nos ponen ante el carril histórico de nuestra alegría más bullangera, aunque el Cristo sufra atado a su columna y la Virgen llore enlutada en su paso ante nosotros durante nuestra primavera disfrutada en su estreno semanasantero.  Retornará esa alegría, y las cañas en el bar. Este año, en cambio, seguimos en la tristeza, el desasosiego y el luto. En la preocupación por una historia a la que no terminamos de verle el final, en la ansiedad creciente por una vacuna que no nos terminan de poner, en el hartazgo ante el espectáculo de una vida política convertida en algunas de sus principales terminales en un teatro de sombras chinescas ajeno a nuestro dolor y nuestra preocupación, mercadeo de relatos un poco de baratija con los que captar la atención de los forofos y de una población deseosa de mecanismos de evasión. ‘Pan y Relato’ es ahora el sustitutivo de aquel “Pan y Circo” que tan buen resultado les dio a los romanos que  también contribuyeron, lavándose las manos,   a la condena de Jesucristo
De manera que esta Semana Santa, con toque de queda estricto y perímetro autonómico que convertirá nuestra piel de toro en un conjunto de retales a veces muy mal cosidos, no nos quedará otra que ajustarnos a la limitación, bajo pena de multa, y si acaso echarnos una triste y profiláctica cañita al aire, para animar el espíritu y a la hostelería. Toda está apretura vital comenzamos a conocerla hace un año, en aquella primavera confinada en la que estábamos estrenando la catástrofe y el humor hispano escribía una de sus páginas más gloriosas desde nuestros hogares convertidos en botellas transparentes, lanzando al aire las mejores ocurrencias, imaginándonos sentados en columnas altísimas de papel higiénico.
En el fondo queríamos higienizar una situación extraña, contra natura y muy a contrapié en nuestra forma de vivir, tan callejera; ponerle al mal tiempo buena cara. «Resistiré, y hasta me reiré si puedo con todo mi alma», dijimos. Y así fue. Ahora el confinamiento no existe pero hay restricciones limitantes que pueden llegar a ser más tristes porque ya estamos cansados, salvo que no las pasemos por el arco del triunfo. El humor no sale tan fácil y no se sabe si es mejor la renuncia total o echarse una cañita al aire en el puerta de ese bar convertido en una trinchera de resistencia y de supervivencia. Queremos pensar que pronto llegará el final, aunque ya, poco a poco, nos vamos quitando la idea de que en el verano todo habrá terminado. Al ritmo que van las vacunaciones es un imposible metafísico y lo mejor que podría pasar a esas alturas es que al menos las personas de mayor edad sí estén todas  inmunizadas. Veremos.
Una cañita al aire, y a seguir esperando sin perder la esperanza. Un año ha pasado, con todas sus estaciones, y en esta nueva primavera si no nos quitan el mes de abril, al menos nos lo beberemos muy rebajado y con la mascarilla puesta. La prudencia es imprescindible, la cuarta ola no puede ser como la tercera y solamente de nosotros depende. Si algo nos puede enseñar este extraño y pertinaz virus es que al final, más allá de lo que nos cuiden nuestras autoridades, todo termina dependiendo de nosotros, de la responsabilidad, por más incómoda que sea. ‘Si no me contagio, no contagio’, es, en último término, una cuestión tan simple como esa. Entenderlo cuesta tanto como nos cuesta soportar el cansancio de un año a nuestras espaldas en el que nos dimos cuenta que todo se puede venir abajo en un abrir y cerrar de ojos, casi sin darnos cuenta, y que era posible una Semana Santa sin procesiones, y vamos por la segunda.