BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Errejón

Los listos, que abundan como setas en nuestro país, y siempre van contracorriente, afirman sin ambages que la ‘operación más país’ ha sido urdida por Pedro Sánchez y el Partido Socialista, hasta ese punto creen que alcanza el poder –y la necedad– del Presidente en funciones, tanto como los independentistas catalanes piensan que es capaz de manejar los hilos de la Justicia, y la derecha, convencida de que manda en el CESIC. Y es que, como dice el refrán, ‘el ladrón cree que todos son de su condición’.
Lo cierto y fijo es que Iñigo Errejón está aquí, y que ha llegado para quedarse. Eran muchos los que lo esperaban, pese a su juventud y su aparente candidez, con esa cara de eterno adolescente a lo Dorian Gray, salvando, por supuesto, las distancias. Errejón, como dice Pérez Royo, es el referente por antonomasia del 15-M, el que ha sabido guardar las esencias de aquel movimiento juvenil que asombró al mundo. Sencillo, dialogante, ejemplar, inteligente y sagaz, es, con sólo treinta y cinco años, un hombre curtido, un hombre que sufrió, como Sánchez, el destierro por decir lo que pensaba, por criticar abiertamente a su amigo Pablo Iglesias y denunciar la extraña deriva de su correligionario, ebrio de poder e intratable.
Otros se fueron con cajas destempladas a sus puestos de trabajo, pero él persistió, convirtiéndose en Madrid, junto a Manuela Carmena, en una pareja que nadie con dos dedos de frente es capaz de explicarse cómo perdieron frente a la derecha. Carmena no se ha atrevido de momento a dar el paso al frente, debido seguramente a la edad, pero Íñigo lo ha dado, con todas las consecuencias. Y poco a poco va ganando adeptos ante la mirada de póquer de Pablo Iglesias e Irene Montero, que, como Rivera, en el entorno de Ciudadanos, ven demasiado tarde los errores en los que han incurrido y cómo les comen aquí y allá el terreno.
La gente joven, los parados, los mileuristas, los jubilados, y otros muchos colectivos viven hartos de ver cómo el sistema se mantiene incólume –unos cuantos viviendo a todo tren, a expensas de la gran mayoría, asfixiada por las facturas y desmoralizada hasta extremos inusitados–. La vida es puro pragmatismo y, en las grandes ciudades, hasta para respirar hay que echarse mano al bolsillo. Esa gente pide un ‘redentor’ urgentemente, lejos de esos partidos burocratizados y plagados de arrivistas (como saben, en Castilla-La Mancha hemos pasado de 76 altos cargos a 137). ¿Cómo va a haber dinero para becas, jubilados, enfermos,  etc.? Una vergüenza. La clase política ha perdido su autoestima y actúa con una impunidad manifiesta practicando el clásico ‘Vaya yo caliente y ríase la gente’, que ya no las arreglaremos para hacerles votar cuando llegue el momento.
El problema en España es la burocracia, el mamoneo, el amiguismo, y la falta absoluta de ejemplo. Haced lo que yo diga, pero no lo que yo haga. El chalet de Iglesias le costó muy caro y su dogmatismo hizo el resto. Los que tuvimos la suerte de conocer a un socialista como don José Prat no podemos menos de asombrarnos con lo que a diario vemos. Por eso, la llegada de Errejón, un tipo sencillo que vive como un joven más y que espero y deseo que siga haciéndolo durante mucho tiempo, es como un soplo de aire fresco en esta España viciada y contaminada. Sin embargo, el problema no es sólo para Pablo Iglesias, a quien no le sale la voz del cuerpo, sino también para Pedro Sánchez, preocupado por esa arma de doble filo a la que alude García-Page. Porque, por más que afine ‘Más país’ presentándose únicamente en las grandes ciudades, su presencia en estas sus primeras elecciones puede llegar  a ser un balón de oxígeno para el Partido Popular.  Veremos.


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