LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


La línea roja

Polvo en el camino. La noche cerrada se les echa encima. Ya están muy cerca de su objetivo, pero, cansados del largo peregrinaje, el líder, que acaba de hacer posible que un mendigo recupere la vista, y sus discípulos deciden hacer parada en Betania, un pequeño pueblo situado en las faldas del Monte de los Olivos. Allí, descansan, comparten cena con Lázaro, Marta y María y pernoctan antes de reemprender la marcha hacia su destino: Jerusalén.
Mañana de luz. Centenares de judíos se concentran en las inmediaciones de la ciudad, proceden de diferentes puntos para celebrar la tradicional Pascua, conmemorando su liberación de la esclavitud egipcia. Al llegar a Betfagué, el Maestro, consciente de la amenaza que supone el decreto del sanedrín que le condenará a muerte si se erige como Rey de los judíos, prepara su entrada y pide a Pedro y a Juan que acudan a una aldea cercana para tomar prestada una burra joven que está atada y que no ha sido montada antes. «Si os preguntan, decid que el Señor la necesita, y que les será devuelta luego». De este modo, la profecía que Zacarías lanzó medio siglo antes cobra vida. El Rey llegará humilde, montado en un pollino, como símbolo de paz y buena voluntad. Y así será.
La comitiva es cada vez mayor. Tras poner varios mantos encima del lomo del animal, el adalid, cuyo nombre es Jesús, se sube en él y se dirige a Jerusalén con el objetivo de acceder por su Puerta Dorada. A medida que se acercan, son muchos los que le reconocen. Sin pensarlo y de manera instintiva, lanzan al suelo sus ropas al mismo tiempo que cortan ramas de los árboles para crear una especie de alfombra natural sobre la que el Mesías prometido pueda pasar.
Las decenas se convierten pronto en centenares y muchos preguntan con insistencia a quién aclaman. Es el Profeta de Galilea del que tanto han oído hablar. El gentío lo alaba, se postra a su paso, pide bendiciones y suplica milagros, mientras los fariseos que están desperdigados entre la multitud, preocupados por el entusiasmo que genera su presencia, tienen claro que, más pronto que tarde, deberán detenerlo y juzgarlo. Sus horas en este mundo están contadas. No hay marcha atrás.
Hoy, España celebra un año más el Domingo de Ramos, preludio de una de sus semanas más grandes. Ciudades y pueblos se engalanan para revivir sus ritos, lucir sus humanizados pasos y recordar la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Multitudinarias procesiones que se convierten en un enorme atractivo turístico fuera de nuestras fronteras, causando admiración. Exaltaciones de fe, de firmes creencias, de fuertes sentimientos transmitidos de padres a hijos, de generación en generación.
La Semana Santa es parte de la cultura de un país que, a pesar de su carácter laico, ha profesado mayoritariamente la religión cristiana a lo largo de los siglos. Sin embargo, cada vez son más y hacen más ruido esas voces que critican con vehemencia su celebración, desprestigiando las creencias de aquellos que ven en la vida y las enseñanzas de Cristo un modelo a seguir, lapidando la fe, de la misma manera que pretendían hacer los fariseos con la adúltera en el templo. Una tendencia peligrosa que choca de manera radical con el cuidadoso tacto que esos mismos tienen ante otras religiones, sabedores de que cualquier comentario inapropiado les puede acarrear un grave problema.
Cada uno es libre de pensar, opinar y creer en lo que desee. Nadie está en posesión de la verdad absoluta ni debe imponerse a los demás, pero el respeto, ese que se ha ido perdiendo en muchos de los aspectos de la vida, es una línea roja que no se debería traspasar.
Noche oscura. Los soldados trasladan a Jesús a la casa de Caifás entre risas y menosprecios. Pedro no ha perdido de vista al Maestro y se acerca al fuego para calentarse en una de las hogueras que hay en el patio. La luz deja entrever su rostro y una de las sirvientas le reconoce: «Tú eres uno de los discípulos». Pedro lo niega y decide huir, hasta que otra mujer le vuelve a señalar y él, angustiado, la responde que se confunde. «Ni siquiera sé quién es Jesús». Dominado por el miedo, busca una salida, pero un hombre lo identifica y le vincula de nuevo con el Mesías. «¡Os juro que no lo conozco!». En ese momento, el canto del gallo rompe un silencio que estremece.
ComoPedro la noche previa a la Pasión, algunos cristianos han dado la espalda al Evangelio. La sociedad española se seculariza a un ritmo sorprendente. En la actualidad, sólo el 22% de las bodas son religiosas, la mitad de los bebés no son bautizados y el número de católicos practicantes se ha reducido hasta menos de un 30%.
¿Es necesario preguntarse el porqué?