BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Diario del año del desastre (IX) Recapitulando

17/05/2020

Ahora que vamos hacia la ‘nueva normalidad’, con todo lo que ese nuevo eufemismo entraña de ilusorio y especulativo; ahora que la gente, como en La peste de Camus, se lanza a la vorágine de vivir, aun sabiendo que el virus está ahí, entre nosotros, un tanto aletargado, pero presto a seguir haciendo estragos en cuanto se le conceda la menor oportunidad; ahora que empezamos a tomar conciencia del enorme daño humano, material y moral que una cosa tan pequeña puede hacer en el ser humano, tan vanidosillo y creído; ahora que, una vez más, hemos tenido ocasión de comprobar que quienes realmente mueven la historia son un puñado de héroes dispuestos a dar la cara a riesgo de que se la partan, cuando los que, por principio, debían de haberla dado se han quedado parapetados especulando y desacreditándose (eso sí, a los ‘presidentes’ –qué ironía lo de presidentes– de Euskadi y Galicia les ha faltado tiempo para convocar elecciones en julio); ahora que hemos enterrado a 27.000 españoles (los ciudadanos que puede tener Hellín) que iniciaron el año nuevo pidiendo salud y prosperidad; es hora de que vayamos recapitulando.
De entre todas las misivas que me han llegado comentando este Diario, que empezó como un huis clos y que sigue con sus negras perspectivas hasta que la Ciencia nos proporcione la ansiada vacuna, hay una, desoladora, que resume el sentimiento de un alto porcentaje de gente joven, seria, competente que ven cómo sus sueños se vienen abajo por culpa de la ineptitud y la imprevisión. Es un mensaje escrito con las tripas, del que voy a extraer unos cuantos párrafos por su contundencia: «El espectáculo que da cada día la clase política española, entre peleas partidistas, mientras mueren a cientos, crecen las colas del hambre y los números de los indicadores económicos, más que rojos ya son negros, es tremendo e insoportable. Ahora que se cumplen dos meses de confinamiento –añade–, dos meses de encierro que dan para mucho si uno le dedica el tiempo necesario a observar, mi desafección con España ha llegado a un punto de no retorno. Quizá por higiene, sea por salud o por necesidad vital, ni volveré a votar ni me interesaré más por el devenir de este país condenado desde siglos a soportar a una clase nefasta que nos gobierna. Ése si es un virus perenne y no el que nos visita en estos días, que terminará yéndose en unos meses, aunque eso sí dejando devastación en vidas y asolando una economía maltrecha ya».
Será pesimista, pero ¿qué sabe de pesimismo tanto frívolo ambulante? «Por si fuera poco –añade–, ahora al dolor de la muerte se une por tercera vez un futuro más sombrío que nunca. Ya dijo Sánchez que lo que ahora vendría lo pagarían los niños que estaban jugando en sus casas, porque, si queremos sobrevivir, sólo queda endeudarse para 4 ó 5 décadas. No creo que a nadie le quepa la menor duda de que tanto con los que gobiernan como con la oposición no tenemos ninguna posibilidad de salir medianamente heridos de esta crisis, sino más bien en un coma inducido de 10/15 años. Al menos, los jóvenes ya pueden hacer de nuevo las maletas… Y, en este contexto, sus señorías se dedican a lanzarse dardos a diario para arañar unos votos que les permitan mantenerse en la poltrona un poco más».
Y concluye con ese dolor que toda la gente de bien hace suyo en la esperanza de que alguien pague: «No obstante –concluye–, la bilis se me sale al pensar en los miles y miles de ancianos abandonados a su suerte en residencias que no son para curar, sino para cuidar, y que el Estado, en una lúgubre dejación de funciones, los dejó/deja morir en una soledad inhumana. Si a esta generación, que aguantó una guerra y posguerra, que aguantó a Franco, se sacrificó para que pudiéramos acceder a las universidades y levantaron con su esfuerzo a una España retrasada, no hemos sido capaces de ayudarles en su momento, no merecemos ni mirarnos al espejo». Se puede decir más alto, pero no más claro, Alfredo.



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