NUEVO SURCO

Javier López


Después de la ley

Los más solemnes hablan de un momento culminante en la democracia española: la sentencia a los responsables del ‘procés’, dicen, marcará un antes y un después. De momento, lo dicho por el TS no parece contentar a todos ni indignar a la mayoría, aunque a algunos sí que les parece bastante tremendo el haber prescindido del concepto de ‘rebelión’ para calificar los hechos. Triunfa así la postura adoptada por la Abogacía del Estado frente al criterio de la Fiscalía. Lo cierto es que el Código Penal es meridianamente claro en su artículo 472: «Son reo del delito de rebelión los que se alzaren violenta y públicamente para derogar, suspender o modificar total o parcialmente la Constitución» o para «declarar la independencia de una parte del territorio nacional».
Es difícil mayor claridad. Se iniciaron, al hilo del debate sobre la sedición o la rebelión a la hora de calificar lo ocurrido en Cataluña, unos rifirrafes muy entretenidos, que a veces tocaban lo metafísico, en torno al concepto de violencia, como si la revuelta armada para derribar el orden constitucional  fuera el único tipo de violencia posible. Como si violencia no fuera también el ignorar, boicotear y suplantar el ordenamiento jurídico que te ampara para sobre esa ruina levantar otro ordenamiento, independiente de aquel, a tu medida y a tu gusto. Hasta aquí la calificación legal de lo hecho por el independentismo catalán, en contra de la Constitución, y culminado en el intento de referéndum tras el que sus máximos cabecillas ingresaron en prisión.
Otro asunto es la calificación moral, que va un paso  más allá de los distingos necesarios a la hora de calibrar la pena entre sedición y rebelión, y que es mucho más difícil de cuantificar porque la víctima ha sido el pueblo catalán, dividido en sus afectos, violentado hasta la extenuación, llevado al extremo de su capacidad de sentir adhesión hacia una identidad, obligado a elegir entre una u otra bandera. Es lo que menos tiene que ver con lo dictaminado por el TS, pero lo más importante, y lo más repugnante del asunto. Desde luego, lo que no podrá ser compensando con unos cuantos años en prisión, lo que tardará años, si es que finalmente se consigue, en ser restablecido. No lo conseguirá ni los trece años de prisión a Junqueras ni el que por fin se hiciera efectiva la captura de Puigdemont.
Ha sido una violencia inmoral, ejercida por un aparato de tintes totalitarios durante décadas, al servicio de un proyecto de exclusión de una parte de la ciudadanía catalana. Violencia ejercida en los colegios, violencia ejercida en los servicios públicos o las oficinas de expedición de licencias para poner un negocio en territorio catalán. Una violencia que no es física pero sí que es psicológica, oficial, legalizada y burocratizada. Difícil es negarla haciendo un estudio minucioso sobre el terreno.
Y esa es la violencia que sigue existiendo en Cataluña, y la que hay que parar a toda costa, aunque existen muy pocos motivos para tener una cierta esperanza. Lo que se espera, más bien, es que las aguas puedan volver de alguna manera a los cauces de antaño, y que tras unas cuantas muestras de fuerza callejera, con algunas manifestaciones masivas y algunos cortes de carretera en protesta por la sentencia, el independentismo vuelva a pactar algo, a cambio, y esa es la otra cara de la moneda, de que siga haciendo y deshaciendo en Cataluña mientras el Estado mira para otro lado y mientras las nuevas generaciones de catalanes van creciendo con un desapego creciente a la idea de España, como si España fuera algo absolutamente ajeno, extraño e inhóspito. Y así hasta que el terreno esté propicio para dar otra vuelta de tuerca y volver a desafiar ‘pacíficamente’ al Estado, a ver si ya la fruta apetecida está del todo madura. Pero con mucha cortesía, no sea que luego lo tachen de ‘rebelión’.
Es lo que nos espera después de la ley y de la sentencia  conocida íntegramente este lunes. Un parte de los españoles entonces seguirán mirando a Cataluña como a algo incómodo, sin darse cuenta de que lo catalán debería ser de lo más entrañable de España, además de un motor indiscutible, pero, al mismo tiempo, un sector de catalanes mirarán al resto de los españoles como a sus enemigos sin alma ni sentimientos. Y en esta encrucijada los sentimientos cuentan mucho. Es, en fin, lo que queda después de la ley y la sentencia.


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Al sentarse posteriormente en mi mesa, no pude menos que felicitarle por el atrevimiento de trasladarles esa contundente sentencia; la compartía plenamente