DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Valdelamusa y la identidad

26/03/2021

Durante mucho tiempo, a mi padre le llegaba la correspondencia sin necesidad de que el remitente anotara su dirección. La fórmula era muy básica: «Macario Herraiz. Cartero de Guadalajara. España». Su amigo Emilio vivía en Suiza y por Navidad y por Pascua de Resurrección enviaba la correspondiente felicitación en un sobre sin anotar calle alguna. Las cartas jamás se perdieron por el camino. Podría incluso haber optimizado las palabras. No sé si en España había por aquel entonces muchos carteros que se llamaran Macario. En Guadalajara, era el único.
En Valdelamusa no lo están teniendo tan fácil. En esta pedanía de Huelva, hace unos meses que se jubiló el cartero de toda la vida. Se llama Ramón y estuvo destinado sus últimos 20 años de servicio en la Sierra de Aracena, una tierra de jamones y embutidos ibéricos. En Valdelamusa no serán más de 500 vecinos, pero el nuevo cartero se enfrenta a un problema: las calles no tienen ni nombre ni tampoco número. Había escuchado nombres de calles curiosas -la del Cristo de la Repolla en Cifuentes o Gibraltar Español en Torrijos-, pero el miércoles me acosté sabiendo que también hay pueblos donde todavía no han puesto nombre a sus calles. ¡Con lo fácil que es tirar de los clásicos como calle de la Iglesia o calle Real! Sea como fuere, han ido pasando distintos gobiernos municipales y ninguno ha reparado en esa necesidad, que tampoco era tal, hasta que ha llegado la pandemia y los envíos se han multiplicado.  
El nuevo cartero de Valdelamusa debe de ser avispado y poco a poco va memorizando dónde vive cada uno de sus vecinos. Los que lo tienen más complicado son los mensajeros puntuales. «Cada día viene uno y así es difícil enterarse», me contaba un vecino. A las gentes de los pueblos se les resisten pocas cosas y cada uno se las ingenia para que le llegue su paquete. La farmacéutica envía a los repartidores la ubicación concreta a través del móvil y, el que no está familiarizado con la modernidad, recurre a lo que se ha hecho de toda la vida: «que lo dejen en el bar y ya lo recogeré cuando vaya a tomar un vaso».
La alcaldesa ha contado que van a abrir una especie de concurso público para que los vecinos aporten ideas que terminen por dar nombre a las calles. Aunque no le va a quitar encanto a este pueblo, perderá una seña de identidad, que es lo que les hace únicos. Porque cada pueblo, con su propia idiosincrasia, es ese refugio en el que puedes sentirte individuo y no masa, una persona que puede controlar su vida sin necesidad de ser arrastrado por el conjunto. Los que hayan sido capaces de descubrirlo durante la pandemia son unos afortunados. Ahora sólo falta que el compromiso real por el medio rural se traduzca en respuestas concretas y cuantificables, no en cargos capaces de marear la perdiz para hablar de una España vacía que solo les sirve de excusa para seguir con un sueldo -muy cuantioso- de dinero público.
No sé si esta pandemia nos ha ensañado algo. Lo que tengo claro es que no saldremos más fuertes, sino más pobres. No saldremos más unidos, sino más preparados para el ‘sálvese quien pueda’. Lo saben bien en las tiendas pequeñas, en el comercio de toda la vida, que ven como las grandes plataformas de venta online están arrinconándoles hasta el borde del precipicio. Muchos han caído ya sin opción a levantarse. Otros se levantarán sin un horizonte claro.