BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Los nuevos patriotas

21/06/2020

Lo vengo diciendo desde hace tiempo, los españoles no necesitamos enemigos, nos basta con nosotros mismos. Creo, sin temor a equivocarme, que el único pueblo del mundo que se complace en autoflagelarse es el español. Ingleses, franceses, alemanes, rusos, podrán o no estar de acuerdo con sus gobernantes, pero en todo momento mantienen el respeto a aquel que la mayoría ha elegido: eso se llama democracia. Hasta en los Estados Unidos, presidentes tan poco recomendables como Donald Trump son respetados hasta el punto de ponerse los senadores de pie cuando él hace acto de presencia. Lo que vemos en España es de juzgado de guardia.
 El fracaso de la educación en nuestros centros escolares desde hace varias décadas y la falta de respeto en los comportamientos de una gran parte de la ciudadanía están haciendo un daño irreparable a nuestro país. Si a eso le añadimos la incultura imperante de tantos y tantos ciudadanos que sólo conocen las cosas de oídas y a lo sumo por internet o aprendidas apresuradamente, como Antonio Alcántara de ‘Cuéntame’, en una enciclopedia de medio pelo para salir del paso y no hacer el ridículo, el resultado está a la vista.
 Un policía norteamericano asesina vilmente a un afroamericano y, al final, oh sorpresa, la culpa la tiene aquel visionario llamado Cristóbal Colón. Y ahí tenemos a la chusma en Nueva York -el único pueblo del orbe que exterminó literalmente a los antiguos moradores de su país- encargándose de hacer papilla la estatua del navegante, y, como la estulticia se contagia más que el Covid-19, ahí tenemos a unos cuantos alcaldes planteándose hacer lo mismo, incluso esa dama catalana acostumbrada a jugar con múltiples barajas que es la alcaldesa Colau de Barcelona.
 España no sólo está amenazada por los independentistas de todo pelo, ignorantes como asnos de lo que exceda su terruño, sino también, y lo que es peor, por determinados sectores de la izquierda progre española que, ignorantes de la Historia, arrojan tópicos y más tópicos contra su propio tejado presentándonos ante el mundo como fanáticos, explotadores, negreros, ignorantes, vagos, maleantes, y, por supuesto, genocidas. Son gentes que ni conocen España, su enorme variedad de pueblos y paisajes, su pujanza, su idiosincrasia, su paciencia; y aún menos su historia. Son analfabetos cósmicos que ni conocen a Unamuno, a Baroja, a Ortega, a Ganivet, su hermosísimo ‘Ideario’, ni, como decía un colega mío de Facultad, ni les interesa.
 Toda esa Generación del 98, que les dolía España y de qué manera, pero que, aun así, la amaban con todas sus fuerzas. Porque no se puede entender nuestra historia ni nuestro papel glorioso en el mundo sin analizar la célebre frase: «¡Qué buen vasallo si tuviera buen señor!». Si de algo es digno  España es de lástima, y si algún  valor nos caracteriza es nuestra paciencia. A lo largo de los siglos y desde los Austrias menores, aguantamos carros y carretas, ladrones y pelafustanes de toda índole, perfectamente amparados por una Iglesia vendida al poder, una Iglesia (y cuando digo Iglesia, me refiero, claro está, a la Jerarquía) ignorante, fatua que propició no sólo las guerras carlistas, sino el golpe de los generales del 36. Y siempre, cuando hubo que dar la cara, a menudo para que se la partieran, allí estuvo el pueblo, en especial el de Madrid.
 Las barbaridades que a menudo se oyen sobre las atrocidades que nuestros antepasados perpetraron en el Nuevo Mundo, por no tener no tienen ni tan siquiera perspectiva. Juzgar con criterios de hoy lo acaecido hace quinientos años es absurdo y, lo que es peor, de mala fe. Independentistas, seguidores de aquel cateto miserable que fue Sabino Arana, y enemigos de España parecen haberse puesto de moda. Y la culpa la tenemos todos aquellos que hemos permitido que tanto la Derecha como la Extrema Derecha de España hayan patrimonializado la bandera, el himno y los valores patrios. Una barbaridad que viene del franquismo. Spain is different, que decían los ingleses, esos mismos que desde Felipe II nos las dieron todas en el mismo lado. El problema aquí, como en todo, no son los que no saben, sino aquellos a quienes les suenan las cosas: son temibles.