LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


La injerencia

El arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez, ha calificado de «impresentables» las palabras de la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, sobre la «injerencia» del nuncio del Vaticano en España, Renzo Fratini, en torno a la exhumación del cadáver de Franco del Valle de los Caídos. La histérica izquierda -todavía queda alguna que no lo es- y algún palafranero de derechas han salido en tromba para descalificar a Fratini por sus palabras. Lo que el embajador de la Santa Sede dijo es que con tanto ahínco, el Gobierno había contribuido a resucitar a Franco. Algo que es cierto, pero que quizá un diplomático no deba permitirse. Han perdido la ocasión los anticlericales de criticar con tino a monseñor, pues la resurrección puesta en boca de un clérigo de alguien distinto de Jesús de Nazaret no parece especialmente católico. Pero la retroprogresía ha salido por el IBI y otras cuestiones de sota, caballo y gallo.
Esta obcecación de la izquierda por sacar los restos de Franco del Valle –en algún sitio han de estar, digo yo- revela la mala conciencia que guarda de que el dictador se les muriera en la cama. El PSOE, que mucho tuvo que ver en la Guerra Civil, se tiró luego cuarenta años de vacaciones como dicen con maldad sus camaradas comunistas, que fueron quienes verdaderamente mantuvieron viva la llama del antifranquismo durante cuatro décadas. Creo que Franco está bien donde está, entre otras cosas porque fue donde determinaron el Rey y Carlos Arias, jefe del Estado y presidente del Gobierno entonces, respectivamente. Ahora existe una resolución del Congreso que establece la salida de sus restos, pero la familia no quiere. Los tribunales terminarán decidiendo, como sucede en cualquier Estado de Derecho. Y hasta aquí el lío legal. El movidón, como siempre, es el político.
La izquierda mediática y cultural califica de injerencia intolerable las palabras de Fratini y recuerda que, claro, a Franco se le recibía bajo palio en las iglesias. Esta recuperación sesgada de la Historia es abracadabrante, aparte de infantil. Da la sensación de que sólo pueden juzgarse los hechos con los parámetros actuales y según la conveniencia política de turno. Esto, en determinados ámbitos, lo entiendo. En los académicos, no. Algunos historiadores han puesto el grito en el cielo porque el Tribunal Supremo dictamina que Franco fue jefe del Estado desde el 1 de octubre del 36. Y llevan razón. Pero no he visto tantas alharacas en explicar por qué Franco y un grupo de generales se levantó contra la República, con el apoyo de media España.
Hablar de estos temas a estas alturas no debiera suponer escarnio ni alterar la calma. Pero hay quien se empeña en lo contrario. La República fue una bocanada de aire que llegó tras la marcha del Rey en unas elecciones que no votaban el cambio de régimen. A los pocos días, demostró que el nuevo régimen se había convertido en una venganza de media España contra la otra con la quema de conventos. El propio Ortega escribió «no es esto, no es esto». La derecha conspiró contra el sistema, pero la estocada de muerte se la dio la izquierda en el 34, cuando se levantó contra la propia República por no aceptar el resultado electoral del 33. Las elecciones del 36 son un cúmulo de irregularidades que dan lugar a seis meses de violencia sistemática, con más de trescientos muertos en la calle. La izquierda programa una revolución obrera que incluye la dictadura del proletariado. Y Franco se levanta contra eso. La Iglesia lo apoya y da carácter de Cruzada, porque están matando a curas, frailes y monjas. Luego serán los propios curas obreros los que le hagan la oposición a Franco. Estos son los hechos. Las histerias para los sobreactuados. Y, por Dios, que Carmen Calvo baje el IBI de una vez a Pixie y Dixie, que el dinero público no es de nadie. ¡Por favor!