NUEVO SURCO

Javier López


Los sanitarios y la angustia

01/07/2020

Los sanitarios españoles que han vivido el combate contra el covid-19 desde la primera línea advierten: la situación sigue siendo grave, el virus continúa contagiándose y machacando vidas, hay personas que continúan ingresadas en las UCIS debatiéndose entre la vida y la muerte mientras el grueso de los españoles nos tomamos las primeras cañas postconfinamiento y planeamos algún tipo de escapada estival adaptada a las circunstancias, que luego vendrá el otoño y ya veremos. En la OMS afirman que lo peor no ha pasado y su director señala que la pandemia está lejos de que termine. En nuestro país nos vamos a adaptando a la nueva normalidad con algunos brotes de imprudencia. Se plantean ya confinamientos selectivos en los focos de repunte más inquietantes. La incertidumbre sobre el futuro provoca una angustia generalizada que aminoramos con los rayos de sol de un verano tomado como paréntesis incierto.
En España nos han faltado imágenes del drama para tomar conciencia pero ahora vamos conociendo historias tremendas asociadas a nuestro sector sanitario que nos dan un viva muestra de la magnitud de lo que nos ha pasado. Hemos conocido que Luis Ruiz Molina, secretario general del servicio de salud en Castilla-La Mancha (SESCAM) contrajo el covid en medio de la pandemia. Era el responsable de la adquisición de respiradores, mascarillas, batas. Siguió dirigiendo el proceso a distancia en su cuarentena, sumido en el estrés absoluto. Camiones que llegaban de madrugada pero que hasta que no estaba toda la mercancía descargada en el almacén correspondiente no se podía dar por adquirida. Hoy es consciente de la necesidad imperiosa de tener una reserva estratégica de este tipo de material. Vital en tiempos pandémicos y problemáticos como los que se avecinan.
Los grandes hospitales han sido hervideros de angustias desbocadas. No daban abasto, no podían más, médic@s, enfermer@s, personal de la limpieza… Ahora lo cuentan, al tiempo que insisten que siguen personas ingresadas con el maldito virus alojado en el cuerpo, atendidas por sanitarios  enfundados en sus EPIs en medio de la ola de calor.  Siguen a píe de obra con la vista puesta en un otoño imprevisible.
En los grandes portaviones de la sanidad pública española como el Gregorio Marañón había días, en el pico de la pandemia, en los que se agolpaban hasta a doscientas personas en sala de espera. La actitud de los sanitarios era ir para adelante como fuera, extenuados, en una situación límite más allá del estrés lógico en un centro sanitario de esas dimensiones. Ellos lo relatan con orgullo en la tregua estival,  lo he vivido de cerca a través de Cristina, una hermana que es médica en ese hospital. Ahora respiran algo  pero contemplan el futuro con temor y con la urgencia de que los hospitales se doten de esa reserva de material estratégico imprescindible. Insisten también en la necesidad imperiosa de reforzar la atención primaria.
Hemos vivido días en el que ellos han sido nuestro orgullo y escudo mientras nosotros les aplaudíamos desde los balcones. No ha podido ser más elocuente. Son los mismos sanitarios que en comunidades como la madrileña fueron capaces de revertir hace unos años un proceso privatizador que hubiera dejado en peores condiciones la sanidad. En aquellas movilizaciones no había ideologías, había el sentido común del que sabe el terreno que pisa. La llamada marea blanca fue el revulsivo necesario para detener a aquellos que con la excusa de prestar un mejor servicio finalmente aumentan margen de beneficios a costa de limitaciones en personal, en material y en servicios. Una lógica que no es la adecuada cuando se trata de la salud.
La angustia de nuestros sanitarios es finalmente la piedra de toque para un país que ha presumido en las últimas décadas de tener la mejor sanidad pública del mundo. Sabemos que nuestra sanidad es pionera y somos vanguardia en campos tan vitales como la lucha contra el cáncer, pero finalmente lo mejor de nuestro sistema sanitario eran ellos, los hombres y mujeres que desde el epicentro de la tragedia han dejado su sacrificio y en algunos casos hasta su propia vida para que el terrible coronavirus no devastara por completo  nuestro país. Ahora, en la hora de la reconstrucción, es el momento del reconocimiento pero también de la gran apuesta nacional para que  no haya ni un solo  sanitario en precario, ni uno solo hospital sin la munición necesaria para afrontar esta guerra que todavía no ha terminado.