La pluma y la espada - Félix Lope de Vega

Niño precoz, joven libertino y soldado a las órdenes de Álvaro de Bazán


El ‘Monstruo de la Naturaleza’ con cinco años leía latín y con 12 danzaba, cantaba y envainaba la espada, por lo que pronto se alistó a la marina con éxito

Antonio Pérez Henares - 08/05/2023

En el Barrio de las Letras de Madrid, en el número 11 de la calle Cervantes se encuentra situada la Casa-Museo de otro de los grandes genios de la literatura española y mundial: Lope de Vega. Fue el dramaturgo por excelencia e inmenso poeta, a quien el autor de El Quijote, Cervantes, reconoció como Monstruo de la Naturaleza y a la posteridad llegó como El Fénix de los Ingenios y cuya obra inabarcable sigue llenando teatros y sus poemas estremeciendo el corazón.

Lope, que con gran afecto describe a su vivienda como «mi casilla, mi quietud, mi güertecillo y estudio...», pasó en ella los 25 últimos años de su vida (1610-1635). Bien restaurada y conservada, recrea los ambientes, mobiliario, enseres, cuadros y ediciones bibliográficas vinculadas con el autor, logra el objetivo de que podamos percibir el hálito de la presencia del escritor, su intimidad pero también el ambiente y la cotidianidad del aquel tiempo del Siglo de Oro en que vivió. 

Dependencias de su casa

A la entrada de su hogar está el zaguán que da acceso al jardín (el «güertecillo»). En la planta principal se encuentra el oratorio, donde celebraba misa diaria, pues al final de su vida profesó como sacerdote. Luego se halla su estudio, en el que escribió alguna de sus obras más reconocidas y la alcoba, donde reposaba y donde expiró.

Hay una planta más, abuhardillada, que alberga una estancia con un ventanuco que se asoma a los tejados vecinos a la que quiero referirme, pues indica otro de los aspectos esenciales de su vida y su personalidad. Es un cuarto de huéspedes, con sus enseres, una cama, una capa, una espada y un baúl, que indica que pudo ser un soldado, y cuyas iniciales identificativas grabadas en él: A.C., señalan a quien bien pudo ser su dueño: El capitán Alonso de Contreras, el bravo militar, terror de los piratas berberiscos, amigo de Lope y que se sabe que estuvo hospedado en su casa más de una vez.

Lope compró la casa en 1610 y vivió en ella hasta su muerte, en 1635. En 1935, cuando se cumplían 300 años de su fallecimiento, el edificio se declaró monumento y se estrenó como museo.Lope compró la casa en 1610 y vivió en ella hasta su muerte, en 1635. En 1935, cuando se cumplían 300 años de su fallecimiento, el edificio se declaró monumento y se estrenó como museo.Por allí ha trasteado, escuchado sus ecos y se ha dejado empapar, lo delatan el influjo y el aroma en su obra, el novelista, y muy justamente afamado también, Arturo Pérez Reverte. Creador de ese capitán Alatriste, en cuyas andanzas literarias ha mezclado tanto a Contreras, responsable de un maravilloso libro autobiográfico, Discurso de mi vida, como al propio Lope y a uno de sus hijos, Lopillo. Joven oficial de los tercios, con asalto a un convento incluido para rescatar a su amada. No son los únicos. Su muy admirado Francisco de Quevedo, amigo de Lope, adquiere en la serie de graduación aún mayor protagonismo e intención.

Ese rescoldo militar en esa buhardila con el ventanuco por donde uno se puede imaginar a Contreras saliendo furtivamente a una descubierta amorosa y nocturna, señala también al propio Lope, a un tiempo de aventuras y batallas. Pues fue también soldado y dado a los amoríos. Que esos, ni siendo ya cura, le abandonarían jamás.

Él mismo era fruto, según sus propias palabras, de una suerte de reconciliación. Su padre, Félix de nombre también y de quien heredó algunas «inclinaciones». Hidalgo pero sin hacienda, bordador de profesión se trasladó siguiendo a una amante en 1561 a Madrid y allí le siguió su mujer, Francisca que le hizo recapacitar y volvió al redil familiar al año siguiente. Un 25 de noviembre nació él y fue bautizado en la parroquia ya desaparecida de San Miguel de los Octoes. 

Superdotado

Desde muy niño puso en evidencia que era un superdotado para las letras. A los cinco años ya sabía leer en castellano y en latín. Escribir no, y los poemas que entonces ya se le ocurrían se los hacía escribir a compañeros mayores que él. Los Jesuitas eran en esto, y lo siguen siendo hoy, muy avispados y él estudiaba en su Colegio Imperial. Lo cuenta su amigo Juan Pérez de Montalbán. 

La casa del poeta y dramaturgo se encuentra en la calle Cervantes de Madrid.La casa del poeta y dramaturgo se encuentra en la calle Cervantes de Madrid. «De cinco años leía en romance y en latín; y era tanta su inclinación a los versos, que mientras no supo escribir repartía su almuerzo con los otros mayores porque le escribiesen lo que él dictaba. Pasó después a los estudios de la Compañía, donde en dos años se hizo dueño de la Gramática y la Retórica, y antes de cumplir 12 tenía todas las gracias que permite la juventud curiosa de los mozos, como es danzar, cantar y traer bien la espada» Y él mismo alardearía de ello y de escribir comedias: «Yo las componía de 11 y 12 años, de a cuatro actos y de a cuatro pliegos, porque cada acto un pliego contenía». 

Enamoradizo

Él tenía la virtud de escribir, sin duda, y fue a la escuela del reconocido, y siempre admirado por él, sacerdote, músico y poeta Vicente Espinel. Lope le agradeció siempre sus enseñanzas cuando «estaba temeroso y poco diestro». Marchó después a la Universidad de Alcalá, donde estuvo cuatro años, pero algo, que fue una constante en su vida fueron los amores. Se le cruzó en el camino, el amor o los amores. No consiguió ningún título y menos eclesiástico, pero si bautizó a su primera hija Manuela, en el año 1581, fruto de su amancebamiento con María de Aragón, la Marfisa de sus poemas. Él mismo parece retratarse sin pudor alguno como un libertino: «Si lisonjeo la hermosa / la vendo como el amigo, / y en lo mismo que la digo / estoy sintiendo otra cosa. / Solicito que me quiera; / y, si la vengo a alcanzar, / ya tengo lleno el lugar / de que es muy necia y muy fiera».

Aquellos desparrames los pagó pronto. Al no conseguir el título de Bachiller y perder el apoyo de sus protectores desalentados por su vida disoluta y el desperdicio de su talento, tuvo algún efímero empleo como secretario de un aristócrata, probó suerte en la milicia y se alistó en la marina. 

Felipe II estaba entonces en guerra por el trono de la vecina Portugal, que entendía le correspondía por derecho tras la muerte en la batalla de Alcazarquivir, en Marruecos en 1578, de su sobrino el Rey Don Sebastián y la del tío abuelo de este, Enrique I, sin descendencia también, con los partidarios del otro pretendiente, el prior de Crato, al que apoyaban franceses e ingleses. 

Primera batalla naval

La lucha fue decisiva y determinante. Por tierra poco podían hacer contra los tercios españoles y tuvo lugar en el mar, en las aguas cercanas a la isla Terceira de las Azores, enclave de mucha importancia por estar en la ruta de las Indias. Los coaligados contra el Austria, Felipe II, intentaron apoderarse del archipiélago, y alentados por la reina madre francesa, la florentina Catalina de Médicis, enviaron una potente escuadra de 64 naves al mando del almirante Strozzi. Su desdicha fue tener enfrente al militar granadino Álvaro de Bazán, quien con solo 25 naves los derrotó, demostrando su enorme talento militar y la superioridad de los galeones españoles en la que se considera la primera batalla naval de la historia librada en mar abierto.

Lope de Vega tuvo su bautismo como soldado en ella y gracias a ella hizo una firme amistad con el I marqués de Santa Cruz, Álvaro de Bazán, que duraría hasta la muerte del invicto marino en 1588, cuando estaba enfrascado en los preparativos para poner rumbo a Inglaterra con La Gran Armada. Hazaña en la que de nuevo Lope de Vega, después de varias vicisitudes en la vida civil, a la que había retornado con cierta fama como autor, con otro lío amoroso, una cárcel y un autoexílio, se alistó otra vez como soldado. 

De hecho, Lope participó en el desdichado intento de invasión de la que no se sabe quien, pero seguro que enemigo por la sorna, bautizó como Armada Invencible, y de la que logró volver vivo. Su barco el San Juan y Lope con él, fue de los que consiguieron, que fueron bastantes en realidad pues las bajas se exageraron mucho por parte inglesa.

Antes de ello, Lope había rendido homenaje a su admirado amigo Álvaro de Bazán con unos versos que han pasado a la posteridad, y que están grabados en la parte posterior del pedestal de su estatua, obra de Benlliure, en la Plaza de la Villa de Madrid y que resumen, como nadie supo hacer jamás, las proezas de quien se considera uno de los mejores, sino el mejor, de los marinos de la Historia de España, que tan grandes los ha tenido.