LOS POLÍTICOS SOMOS NOSOTROS

Enrique Belda


Desesperanza y hartazgo: la mediocracia en todo su apogeo

Acabamos de saber a través de las encuestas sociológicas, de la hartura de los españoles con sus políticos y, a la vez, termina de publicarse un recomendable libro del profesor canadiense Alain Deneault (Mediocracia: cuando los mediocres toman el poder). Este filósofo nos explica cómo la sociedad se ha adaptado conscientemente a un perfil mediocre, en el cual tienen (quizá ‘tenemos’) mayor capacidad de triunfar, o simplemente avanzar, aquellas personas que se adaptan a un estándar, y no dudan, ni innovan, siguiendo exactamente lo que se espera de ellos por parte de las estructuras, elites o jefaturas. La globalización ha extendido este concepto eligiendo a sus dirigentes dentro de esta línea media (que no califica de mediocridad, más bien de mediocracia, pues no quiere juzgar a la mayoría que pasa por lo preestablecido, ni acusar de mediocres a los conformistas). Fuera del tinglado se quedan, por un lado, muchos que no tienen gana de seguir la corriente o no son capaces de hacerlo por falta de habilidad o desgana, así como por otro, aquellos que están replanteándose mejoras y novedades, que son sistemáticamente expulsados de los reconocimientos de la mediocracia (es decir, escapan de lo políticamente correcto, de lo comercial, de lo preestablecido en beneficio de los obedientes y sus dirigentes), porque eso significaría el fin de privilegios, famas y, en definitiva, ingresos de los que manejan. Sería muy obvio que ahora realizara un paralelismo con la política de nuestros países, pero ya se lo estoy pensando en toda la cara, queridos lectores. No se extrañen: en el Gobierno español una de las personas algo consideradas, no como política, más bien como profesional ilustrada, es la Ministra de Educación y Portavoz del Gobierno. Es Catedrática de Instituto y tiene 70 años (y lo que eso da de saber). Pues esta señora ha dicho esta semana ante el panorama de desacuerdo entre las fuerzas de la izquierda y la amenaza de elecciones, que el Rey sabe bien lo que tiene que hacer y que goza de buenos asesores. Es un ejemplo, entre tantos, de la elite, de lo mejor, que supuestamente tenemos en la sociedad: ministra, con educación superior, y 41 años de vida con la Constitución de 1978 y no se la sabe. Desconoce por completo que es su compañera la Presidenta del Congreso la que tiene que organizar de cabo a rabo el proceso de consultas y sus colegas diputados, con Pedro Sánchez a la cabeza, ponerse de acuerdo. No es la primera vez que se utiliza al Rey, una figura meramente simbólica sin poder alguno, para escurrir el bulto de la responsabilidad de los diputados. Pero así pinta la cosa: si alguien se quiere salir de la mediocridad, o en bondadosas palabras de Deneault, ‘de la mediocracia’, recibirá todas las bofetadas posibles de las elites que se han establecido sobre el pensamiento predecible, maniqueo y hasta comercialmente rentable.


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