DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Fuera de sí

13/03/2020

La digestión del coronavirus va a ser muy pesada, más aún si los que tienen la obligación de tranquilizarnos se dedican a todo menos a eso. Hasta el lunes era un problema de periodistas alarmistas y de virólogos locos que no se estaban ciñendo al oficialismo monclovita. Ahora es cosa tuya y mía, de tu vecino de arriba y del de abajo; nos exigen disciplina y responsabilidad social que traducido supone quedarte en casa. Así es y así tendrá que ser, aunque escuchar a un presidente compungido -Sánchez o Page, en distintos grados-, sin saber qué hacer en un escenario todavía más complicado, genera más preocupación y entierra esa calma que nos piden. La cifra se va a ir duplicando cada cuatro o cinco días y aseguran que es el único modo de bloquear la curva de contagios, que va a seguir en ascenso varias semanas. ¿Por qué no se ha hecho antes? Pregunten a los periodistas histéricos o a los virólogos agoreros, calificados así cuando anunciaban que lo que estaba pasando en Italia iba a llegar a España más pronto que tarde. No es hablar con las cartas marcadas. Hace ya una semana que Juan José Badiola, director del Centro de Enfermedades Emergentes, advirtió de que había que tomar medidas más duras y restrictivas para no acabar como Italia. No le han tenido muy en cuenta. 
Cuestión aparte merece el caso de Castilla-La Mancha y muy en especial el de Guadalajara. Los listillos de los periodistas -a los que han estado culpando de lo que pasaba durante días- suelen tener por costumbre preguntar a los que saben. Un virus tan contagioso no entiende de fronteras y pocos médicos comprendían que se tomaran medidas restrictivas en Madrid mientras al otro lado de la frontera -como si en Meco hubiera un muro infranqueable para el Covid-19- no se hiciera nada. Tampoco se ha entendido la lentitud con la que se ha actuado en Marchamalo, con positivos confirmados en uno de los colegios hace ya muchos días mientras la única solución que les daban a padres y profesores era más jabón. Con estos antecedentes, igual se entiende mejor el grado de desquicie del presidente Page en su comparecencia matutina. Por la mañana no había que cerrar los centros educativos porque  lo único que pretendían los profesores era «tener 15 días de vacaciones». Eso fue lo más suave que les dijo Emiliano García-Page. A los docentes de la universidad regional, después de cargar contra el rector, les reprochó que la mayoría querían ahorrarse no tener que venir hasta la región cuando viven en Málaga, Valencia o Madrid. «Sería la hora de obligar a los trabajadores de la universidad a que vivan aquí y tengan la cabeza aquí».  No sé dónde tenía la cabeza el presidente. 
Por la tarde se presentó otro Page, no tan agresivo con los profesores aunque con el mismo gesto de aturdimiento, sobrepasado por los acontecimientos y repartiendo una intranquilidad que contrasta con el temple habitual que demuestra siempre en público. El presidente regional confesó que se había  enterado por televisión de las decisiones adoptadas por el Gobierno de su partido; estaba «sorprendido» con las medidas anunciadas y dijo que acataba la suspensión de las clases «porque no nos queda más opción. Asumimos la autoridad del Gobierno de España». Al final, cierre de la actividad educativa a todo correr sin capacidad de reacción para los padres. Les deja todo más tranquilos, ¿verdad? La responsabilidad es una de las mejores vacunas contra este maldito virus y no es lo que más se ha visto en las últimas horas.