ÁNGULOS INVERTIDOS

Jesús Fuentes


Reflexiones entre la pandemia

26/07/2020

Antonio Muños Molina escribía recientemente un artículo, titulado «Que Venecia no muera». En el texto, publicado en Babelia, el sábado, 18 de julio de 2020, anota: «Salvar Venecia, o cualquier otra ciudad bella, agitada, vivible, de Italia y de cualquier otra parte, es lograr que prevalezca  el espíritu igualitario de la democracia sobre los intereses especulativos, que el espacio público pertenezca a las personas y no a las corporaciones  ni a los coches, que las innovaciones y los cambios necesarios se planeen respetando la forma específica y la continuidad que cada ciudad  ha ido manteniendo a lo largo del tiempo, procurando que no se rompa el equilibrio entre la obra humana y la naturaleza, tan delicado como el que une el pasado y el porvenir, a través del presente». 
Muñoz Molina escribe sobre Venecia, pero lo podía haber hecho mirando a Toledo. Porque Venecia y Toledo corren  riesgos similares. Las dos pueden ser destruidas si no se controlan los flujos turísticos, las presiones especulativas sobre espacios frágiles, la despoblación invisible, la desaparición de terrenos agrícolas o, como en el caso de Toledo, el vaciado  de grandes edificios que en tiempos antiguos se dedicaron a fines religiosos. La ‘laicidad’ necesaria de la sociedad moderna a  Toledo le está causando graves perjuicios. Es nuestro mar salitroso que amenaza, en su reflujo silencioso, con la desertización de un centro urbano singular. Siempre lo hemos sabido, pero en el presente con mayor intensidad: no se puede  recuperar el pasado. Ahora corresponde inventar nuevos usos para esos edificios, adaptar viviendas para que puedan ser, tras su rehabilitación escrupulosa y de calidad, habitadas por nuevos pobladores. El centro histórico, como barrio diferenciado de los otros que componen el conjunto de la ciudad, debe ofrecer ventajas peculiares para hacer asequible sus espacios  públicos y privados a una población permanente. Lo cual no supone  renunciar al turismo, sino reorientar su tratamiento  para que en lugar de ser una actividad extractiva se convierta en una actividad, no la única, productiva.
La pandemia nos interpela para que desechemos esquemas obsoletos o compromisos contraídos en circunstancias distintas. Lo que estamos viviendo y lo que queda augura incertidumbres permanentes. Nada será igual, aunque todo sea parecido. Lejos deben quedar dogmatismos o conservadurismos esencialistas ante la urgencia de buscar nuevas formulas que garanticen la supervivencia del centro histórico. Tendremos que aceptar, en sus inciertas contradicciones, las innovadoras lecciones que trasmite un virus incontrolado. Y porque otros sucesos imprevisibles  nos acechan.