DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Un ministerio para qué

La ministra Teresa Ribera estuvo en la manifestación del 31 de marzo en Madrid. Ese día los lobos se pusieron a guardar el rebaño y los pájaros dispararon contra las escopetas. Hubo especies de todos los colores y pelajes y nadie se ruborizó ante un espectáculo tan inútil. Los que han sido incapaces de parar el éxodo rural, ese día se fueron a la capital a reclamar al cielo. El clásico de la paz en el mundo y por un planeta sin hambre pero en versión paremos la despoblación. Seguro que muchos de aquellos no han pisado un rastrojo en su vida. Pero faltaba un mes para las elecciones generales y dos para las municipales autonómicas y allí se apuntaron hasta los linces, sólo en peligro de extinción los que tienen condición más animal.
Dice la ministra de Transición Ecológica -ahora también del Reto Demográfico- que el 31 de marzo sintió el «sentido de respeto y la voluntad de convivencia» entre núcleos urbanos y rurales. ¿Qué se pensaba? ¿Que las gentes de los pueblos están asalvajadas y van por la calle con taparrabos? Lo de aquella manifestación sólo sirvió para hacer un mejunje extraño y para cubrir los telediarios del domingo y las portadas del día siguiente. Para los que piensan que todo está perdido, si la urbanita Ribera fue capaz de percatarse de que hay dos formas de vida diferentes y que una de ellas se encuentra en una situación de evidente desigualdad, algo hemos avanzado.
No es cuestión de sentenciar si el problema de la despoblación tiene solución o no. Desde que Sergio del Molino y su España vacía lo colocaron en la primera línea de la actualidad y de la agenda política, se ha hablado más que nunca del medio rural pero se ha hecho lo mismo. O peor. Algunos han aprendido a vivir del asunto. Y así, se han creado departamentos administrativos que piensan mucho y organizan foros de debate sin descanso para ocultar que ni se avanza ni se atrae población a los pueblos de las alcarrias, serranías y señoríos. Con evidente fracaso, la agonía del medio rural se ha convertido en la cuestión más estudiada de toda la historia.
A la ministra la llevaría a cualquiera de los pueblos del Alto Tajo o de la serranía de Cuenca. Si el viaje no es de placer, con una semana sería suficiente. Esa Ribera viendo nevar sin descanso y quedándose incomunicada durante muchas horas porque las quitanieves no se pueden multiplicar y no llegan a todos los sitios a la vez. Esa ministra intentando descargarse por internet documentos de un cierto volumen, desesperada, mientras piensa que en el calor de su despacho habría tardado un minuto. Esa ministra sin luz durante horas y horas. ¿Y esa Teresa Ribera viendo una montería? La designada para salvar nuestros pueblos es la que quiere acabar con la caza, ignorando una actividad que supone un equilibrio para el Medio Ambiente y que, bien regulada y aprovechada, debe servir para añadir un elemento dinamizador.
En el problema de la despoblación llegamos ya demasiado tarde y la única forma de ponerle freno -ya no de solucionarlo- es reconociendo una obviedad: si no se genera trabajo en el entorno rural, no se van a quedar ni los gatos. Para eso, hay que asumir que nadie va a montar un negocio con las mismas condiciones fiscales que tiene en la capital. El desarrollo turístico se ha demostrado como una herramienta valiosa pero limitada a periodos muy concretos. Tiene tajo la ministra e intuyo que va a ser incapaz siquiera de justificar el nuevo apellido que le han colocado a su departamento.



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