EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Castigo de Dios

En contra de lo que solían creer nuestros antepasados, ni los incendios devastadores que hemos sufrido en agosto, ni las riadas catastróficas de la gota fría en septiembre han sido un castigo de Dios. Porque si el Señor estuviese atento para castigar convenientemente nuestros pecados, hace tiempo que al Consejo de Ministros se lo hubiera llevado por delante un tornado.
 El hombre antiguo siempre miraba al cielo para suplicar o maldecir. Hasta Goethe reprochaba a Dios que hubiera permitido el terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755 que causó 60.000 víctimas, habiendo mostrado el Altísimo menos respeto y compasión con los humanos que los que el mismo filósofo hubiera tenido con ellos.
 La pedagogía del ojo divino providente, que han utilizado las religiones, ha funcionado durante siglos. El Señor castigaba al pecador y premiaba al justo ya en vida y con mayor o menor puntería, pero la sanción definitiva quedaba aplazada al paraíso o al infierno, terrenos incontrolables del más allá en donde ya no era posible consultar su estado a nuestros difuntos.
 Si anteriores catástrofes, como el terremoto de 1531, no había duda de que eran un castigo divino y se buscó afanosamente a los libertinos, blasfemos, brujas y judíos, para hacer un escarmiento ejemplarizante, el ambiente de racionalismo creciente e iniciación científica que vino dos siglos después, en que sucedió el gran terremoto de Lisboa, supuso la quiebra en la creencia de que la providencia divina fuera el agente de catástrofes o prosperidades.    
 La tierra empezó a temblar a las 10 de la mañana soleada de la festividad de todos los Santos, cuando los templos se habían llenado de fieles para celebrarla. Fueron precisamente estos feligreses devotos quienes murieron bajo los escombros de las bóvedas de las iglesias abarrotadas de fieles, y las velas y cirios provocaron incendios y la ciudad ardió durante cinco días. Los que libraron del derrumbe fueron barridos luego por una ola de 12 metros de altura que fue el tsunami con que el mar respondió media hora más tarde.
 Al evaluarse los daños, empezó a gestarse una quiebra en la fe popular en la justicia de la Providencia, porque, si la mano de Dios había estado detrás del fenómeno ¿por qué derrumbó las iglesias y sin embargo permitió que los burdeles siguieran en pie? 
 Con los años se fue sabiendo que no era la teología sino la geología la ciencia que iba a explicar la increíble anomalía de que el Señor castigara a los buenos y premiase a los malos. El núcleo monumental de Lisboa estaba construido en terrenos sedimentarios e inestables de la orilla del Tajo, mientras que las casas del pecado se edificaron en un extrarradio más sólido. 
 Célebres pensadores, filósofos y científicos e como Goethe, Voltaire o Kant, se hicieron eco del seísmo, dando ya una visión racional y científica del mismo. Pero fue el filósofo, científico y sacerdote español Antonio Jacobo del Barco, natural de Huelva en donde sufrió los efectos del seísmo, quien mejor describió su naturaleza: «Nos cansamos de buscar su causa en el Cielo, y quizás estará escondida en los senos de la Tierra».