LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


La huella del tiempo

21/03/2021

Aparentemente despistado, atraviesa las calles céntricas de adoquín irregular. No hay pérdida, pero la costumbre y la inercia le llevan a buscar las flechas amarillas que le guían en su periplo marcando el camino. Molesto por alguna que otra ampolla en los pies, curada por las manos expertas de los hospitaleros de sus últimos albergues, y por el cansancio acumulado por el desnivel de las etapas que cruzan tierras navarras y riojanas, llega, ayudado por su bordón, con el rostro castigado por el sol y las inclemencias del tiempo, a uno de los enclaves más atractivos de la ruta jacobea.
Las vías estrechas desembocan en una gran plaza llena de luz, en la que repican las campanas y el peregrino permanece embelesado. La Catedral le resulta impresionante, espectacular. La piedra y el gótico en su máximo esplendor. Tras su visita, en la que ha disfrutado sin prisa y de manera íntima de la exuberancia de estilos y formas, abandona el templo por la Puerta del Perdón, donde la panorámica de las agujas que coronan las torres es todavía más impactante. Después de dar limosna a una anciana vestida de negro, decide sentarse en una de la terrazas cercanas para tomar notas en su libreta sobre las maravillas que acaba de contemplar. Si el exterior deslumbra, el interior emociona.  
La Catedral de Burgos, declarada patrimonio de la Humanidad en 1984, cumple 800 años desde que el rey Fernando III y el obispo Mauricio colocaran la primera piedra, donde antes se erigía un antiguo templo románico. Los patrones góticos franceses marcan el inicio de su construcción, pero, con el paso del tiempo, se va acoplando una gran variedad de estilos, dejando su huella distintos maestros como los hermanos Siloé, Felipe Bigarny, Juan, Simón y Francisco de Colonia, o Juan de Vallejo, ampliándose con dos claustros y casi una veintena de capillas, y confeccionando su inigualable cimborrio, con la onírica bóveda estrellada. Muchos consideran a Santa María la Real como un glosario virtuoso de arte.
Los ocho siglos que cumple la Seo vienen de la mano de una excelsa programación de actos, exposiciones y publicaciones para celebrar la reseñada onomástica y uno de ellos, que está generando un enorme revuelo, no pocas dosis de debate y hasta una recogida de firmas en su contra, sobresale por encima del resto: el encargo de las puertas de bronce realizado por el cabildo al artista manchego Antonio López.
La idea desde el principio, cómo no, cuenta con un buen número de detractores que hacen más ruido que los que apuestan por la instalación de una obra que busca embellecer la fachada principal del templo, cuyas puertas de madera, muy deterioradas y con escaso valor artístico, forman parte de una portada, dedicada a la Encarnación de la Virgen, que ya fue mutilada a finales del siglo XVIII y sustituida por una mucho más simplista.  
Entiendo que al principio, cuando se presentó el proyecto, la idea se prestará al debate, al sí pero no sobre la necesidad de acometerlo. Las composiciones virtuales que se hicieron de la obra en sí, alejadas totalmente de la realidad, animaban más al rechazo que a la aceptación. Sin embargo, según se ha ido plasmando con más precisión y detalle el resultado final, más argumentos hay para llevarlo a cabo. Soy partidario de la innovación en general, sin ir más allá de cualquier persona que tenga un mínimo de sensibilidad. Admiro profundamente la trayectoria artística de Antonio López, siempre magistral, única, y, al mismo tiempo, la sencillez y la humildad hecha persona, aunque algunos lo tilden de egocéntrico por tomar como modelos a parte de su familia -su hija y su nieto- para conformar el tríptico de bronce encargado para la Catedral.
Pese a las voces que lo critican con inquina, el coste de este proyecto es algo secundario. Los 1,2 millones de euros se están intentando conseguir con las aportaciones de los empresarios y el cabildo ya ha puntualizado que, en el caso de que no se alcance la cifra, aportará el resto. ¿Alguien considera una aberración o un dispendio la Pirámide del Louvre o la Puerta de la Muerte de Giacomo Manzù de la Basílica de San Pedro?
La campaña que hay en contra de las nuevas puertas de la Catedral, siempre respetando la libertad de expresión, es algo que cuesta digerir. Siempre será un privilegio para Burgos que permanezca en su templo la impronta y el trabajo de un artista de la talla de Antonio López. De ningún modo, como advierten algunos, va a romper la estética de la Seo, ni tampoco de sus vetustas puertas que demandan una renovación y que pronto habrá que sustituir. Si las nuevas tienen el trabajo, el diseño y la idea de un genio de talla internacional es algo que suma, ya que realzará y potenciará el conjunto artístico y la identidad de un monumento que ha ido evolucionando hasta el siglo XIX.
El peregrino prosigue con su camino. Se aferra a su bordón y emprende la marcha. Mira hacia atrás y detiene su mirada en las dos agujas. En su retina siempre permanecerá esa huella del tiempo, un templo de puertas abiertas que, ocho siglos después, continúa brillando con luz propia.