OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Miserable

Esta es una historia triste, de olvidos, posibles rencores, mediocridades y envidias. Se ubica en un bello pueblecito de la serranía de mi tierra. Allí, hace años, vivía una familia integrada por una anciana y sus tres hijos. De ellos, dos se dedicaron al sacerdocio y solo uno, el mediano, tuvo descendencia: una hija. Primero falleció la anciana, haciendo de ello medio siglo. Poco después siguió sus pasos el padre de su única nieta, esto es su segundo hijo. Hay que hacer notar que el benjamín de los vástagos, presbítero como se ha indicado, de carácter emprendedor y dotado de especial inteligencia, había decidido desarrollar su vida fuera de ese entorno para hacer realidad sus anhelos personales. Sin embargo, a sus poco más de sesenta años, una cruel enfermedad lo llevó a la tumba habiendo vivido rodeado de otros familiares, no de primer grado, de los que siempre recibió amor y lealtad. Solo quedaba ya el mayor de los hijos quien, siendo anciano, fue desterrado por su único familiar directo y heredera, su sobrina, a un asilo en el que pocas o ninguna vez lo visitó. Años después le llegaría la muerte y sus huesos serían depositados en un frío nicho de un cementerio, alejado de su tierra y gentes, sin que aun hoy, décadas después de su fallecimiento, en él figure una triste lápida que permita saber de quien es el cadáver que allí reposa. Hace semanas visité el pueblecito en el que se inicia la historia. Llevado por la atracción que ejercen en mí los cementerios, me adentré en el suyo para, tristemente, descubrir que la única superviviente de la familia, la sobrina, al morir su madre decidió rehabilitar la tumba familiar grabando solamente el nombre de sus fallecidos padres y olvidando el de su abuela, siendo su única nieta, cuya antigua lápida reposa, abandonada y rota, entre la maleza. Miserable.