A SALTO DE MATA

José Luis Muñoz


Sin saber qué normalidad es la que vuelve

12/05/2020

A estas alturas, parece que los seres humanos nos hemos agrupado en dos grandes bloques: a un lado, lo que quisieran prolongar la actual situación hasta no se sabe cuándo porque, atemorizados por definición, se esperan lo peor en cuanto empiecen a darse los pasos que nos devolverán a una normalidad que, por lo que dicen, ya no volverá a ser como era antes, al menos durante mucho tiempo. Al otro lado, los que tienen prisa, muchísima prisa, por hacer lo contrario, o sea, dar por terminada la situación de excepcionalidad que llevamos viviendo ya durante dos meses y lanzarnos con precipitación a recuperar todos los eslabones perdidos, como si aquí no hubiera pasado nada y pudiéramos correr un tupido velo para que todo vuelva a ser como era.
 Nos dicen mentes lúcidas y bien dotadas para explicar los misteriosos comportamientos de los seres humanos que debemos acostumbrarnos a vivir en adelante con la compañía de ese perverso virus que se ha apoderado de nuestras existencias, alterando por completo el que parecía bien estructurado modo de vivir. Dicho de otro modo, que aunque la situación mejore y el número de muertos vaya disminuyendo, el mal seguirá ahí, agazapado, como en las buenas películas de terror, dispuesto a recuperar su enérgica maldad en cuanto tenga una adecuada oportunidad de hacerlo, lo que nos obliga a vivir en una permanente situación de temor, que es el peor horizonte imaginable, porque no es posible encontrar acomodo en el miedo que trae consigo la inseguridad, el desconcierto, el no saber exactamente qué hacer en cada momento. Y esa es, precisamente, la situación en que nos encontramos, ahora que caminamos hacia eso que han querido llamar la desescalada, palabra tan tonta e incorrecta como la de confinamiento. A la Real Academia de la Lengua le parecería mejor que se utilizaran términos como “reducir”, “disminuir” o “rebajar” pero a ver quién corta ahora el grifo que ha puesto en marcha la “desescalada”, con la que todo el mundo parece estar tan contento, si nos fijamos en la desenvoltura con que se maneja. El coronavirus nos está ayudando a introducir innovaciones en el idioma, quien lo iba a esperar.
 Los timoratos seguirán agazapados en sus casas durante algún tiempo más, pensando que es cosa en exceso arriesgada volver a salir a la calle, entrar en tiendas o, sobre todo, reencontrarse con otros seres humanos que a saber lo que pueden contagiar. Los atrevidos no tienen que esperar a que el gobierno levante la mano: ya los vemos por ahí, organizando cuchipandas nocturnas antes de tiempo o buscando cualquier pretexto banal para estirar más de lo prevenido las normas que nos han dado para hacer cosas tan inocentes como pasear o practicar deporte. Y por delante, en el horizonte inmediato, esa incógnita que se abre ante nosotros cuando intentamos ejercer una mirada hacia el futuro. Los sabios comentaristas nos dicen que ya nada volverá a ser igual que antes. No estoy yo tan seguro. Eso mismo se ha dicho siempre de todas las calamidades, guerras mundiales incluidas, lo mismo que de las terribles ideologías totalitarias que, sin embargo, están volviendo a tomar cuerpo en la presuntamente civilizada Europa, como podemos comprobar aquí mismo, para sorpresa de muchos, entre los que me incluyo. 
 No está claro, no, que de la terrible lección de estos meses seamos capaces de extraer conclusiones acertadas. Vivimos en una permanente situación de desconcierto, de dudas. Entre el miedo y el atrevimiento. Entre la prudencia y la osadía. Sin encontrar puntos de referencia que nos puedan ayudar. Estamos abrumadoramente solos, cada cual con su propio camino por delante, con su propia y solitaria elección.
 



Las más vistas