EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Cosas de la edad

09/02/2020

¡Santo Cielo! ¿Por qué siento en mi corazón una sensación de derrumbe y una punta de nostalgia cuando echo un vistazo panorámico al mundo de progreso en que vivimos hoy?
Deben ser cosas de la edad, porque yo he vivido tiempos objetivamente peores sin perder el optimismo ni abandonar la lucha. He vivido con Franco y contra Franco, con el Evangelio y con El capital, sin nunca abandonar el entusiasmo, y la causa —muy sencilla y de primera mano— era que yo tenía las ganas de vivir de los 20 años.
También el ambiente social era distinto y las conductas hay que juzgarlas dentro de él. Fueron años llenos de creencias, dogmatismos, circunspección, censura y autoritarismo, yo los he llamado 'el tiempo de los dioses y los héroes' porque se creía en los poderes trascendentes en función de los cuales se desarrollaba la vida que requería un esfuerzo muy meritorio.
Hoy nos parecen fuera de actualidad los antiguos lemas Todo por la Patria o El honor es mi divisa. Por explicarlo con una frase rotunda, que echa en falta lo que tenían de positivo: «En España antes se moría por un ideal y hora se mata por un interés».
Antes se sellaba un trato dándose la mano ante un vaso de vino y ahora la desconfianza se expresa en decenas de papeles en letra pequeña.
Pillados in fraganti, antes los dirigentes se avergonzaban de sus mentiras y robos, y ahora se muestran impávidos y hasta jactanciosos.
En estas fechas de mi aniversario siento una decepción por la deriva que ha tomado España. Serán cosas de la edad, pero el primer síntoma es que al pronunciar esta palabra —España— vuelvo la cabeza temiendo que alguien me haya oído y pueda burlarse de mí.
Que el Parlamento tenga a sueldo a una cuadrilla cuyo trabajo es el rechazo del Rey, la negación de la Constitución y la ruptura de España y pueda exponerlo desde esa tribuna, me deja desmoralizado. No puedo entender la legalización de partidos de odio, racismo y xenofobia, ni aceptar a la efigie del Rey boca abajo, quemada y pisoteada, mientras las gentes han llegado a la abducción de mirarlo con indiferencia o justificarlo como libertad de expresión.
Todo es fruto de una desvergüenza general por la que los pactos remplazan a la ley y lo conveniente sustituye a lo debido, para lograr el medro personal de los dirigentes que han puesto en almoneda el patrimonio material y moral de la nación. Y, como aceite, esta nefasta ejemplaridad impregna a la ciudadanía.
El pensamiento crítico ha sido reemplazado por las ideologías en donde la izquierda amplía libertades como si la autoridad y las reglas protegieran al palacio y no a la casa de cada uno. Y los conservadores hacen una mala elección de las cosas que hay que conservar.
Cumplir años es ganar un gramo de sabiduría escéptica, pero juro no llegar nunca a hacer mía la decepción de James Joyce en Dublineses en el diálogo de Gabriel Conroy con Amy Ivors: «—Oh, si he de decir la verdad, mi propio país me pone enfermo».
 Me gusta sentir bajo mis pies la tierra en que vivo. Por eso, debo desoír ese diagnóstico y no escatimar los esfuerzos que haga para conservar la salud.



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