NOTAS AL PIE

Javier D. Bazaga


El origen

Me gusta la etimología. ¿A ustedes no? A mí sí. Siempre me ha llamado mucho la atención eso de conocer el origen de las palabras. De dónde vienen. La razón de su existencia y el motivo por el que hoy las utilizamos. Algunas son jóvenes, son nuevas. Tanto que a veces nos cuesta reconocerlas. Y hasta entenderlas. Ya si son extranjerismos ni les cuento. Pero otras son viejas. Más bien añejas. Dejan escapar el olor de los siglos cuando las pronuncias, aunque conservan su significado, su esencia, por eso siguen ahí, en nuestro vocabulario, resaltando cada matiz de lo que quieren decir, y esquivando cuando pueden lo que no quieren que se malinterprete.
Las palabras surgieron de una necesidad, como casi todo lo que surge. En este caso de la necesidad de comunicarse, de expresar algo, ya fueran intenciones, emociones o, lo más importante, la necesidad de dar nombre a las cosas que nos rodean. Eso es, primero fue la necesidad de dar nombre a las cosas, a esa piedra, a ese árbol, a ese fuego. Luego vino la necesidad de comunicarse. La necesidad de decirle al que tenías al lado en esa caverna fría que qué dura está la piedra en la que estamos sentados, pero qué bien que hemos podido cazar ese mamut juntos, cooperando, y que tan rico nos sabe al calor del fuego.
Algunos dicen que fue la pólvora, otros que la rueda, o la penicilina, y la imprenta por supuesto, y el fuego que siempre ha estado en el ‘top five’, pero como humanista convencido debo reivindicar la palabra como uno de los grandes inventos del hombre. Les confieso que me hubiera gustado estar ahí. Hubiera pagado por ver ese momento en el que uno le mira al otro y le dice ‘piedra’, y en esas el otro le responde que ‘chssss, despacito que aquí hay mucha tela que cortar, muchas cosas que nombrar, y la carne de mamut fría no está rica, así que come’. Bueno, Yuval Noah Harari es mucho más elocuente en su ‘breve historia de la humanidad’ de casi 500 páginas. Aprovecho para pedir una revisión de ese concepto, el de ‘breve’.
Cuando estudiaba latín, y griego, –es evidente que soy de letras-, me encantó aprender el origen de la palabra ‘diálogo’. Viene a significar ‘a través de la palabra’. No me pidan que busque los apuntes de la universidad ahora. Pero, ¿no les parece bonito? Eso derivó en la búsqueda del consenso, del acuerdo, del entendimiento a través de la palabra. Y hoy el ‘a través de’ nos invita a pasar de un lado a otro. Para conocerse, para entenderse, para cooperar. Como los de la cueva. Ahora tenemos que aprender conceptos nuevos, como el del ‘pin parental’ o distinguir entre rebelión y sedición, y nadie sabe realmente lo que significan. No reniego de este tiempo, pero me hubiera gustado ver -para después contarlo, claro-, ese momento en el que una piedra era una piedra, y un mamut era ‘¡pero qué leches ese bicho!’.