Editorial

El peor acuerdo, en el peor momento y con el peor compañero de viaje

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Diez días. Eso es lo que ha tardado el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en mostrar su faceta más conocida, la de un político volátil que no respeta más voluntad que la de su propia conveniencia. Hace menos de dos semanas tuvo sentados a la mesa a los máximos representantes del diálogo social, patronal y sindicatos, y nada dijo, ni siquiera permitió intuir, sobre el acuerdo que rumiaba con Bildu -nada menos- para buscar un socio parlamentario que le ayudara a perpetuar un estado de alarma que hace días que se cae a pedazos por el propio peso de la vida y que apenas sirve para seguir dañando la reactivación económica y legitimar protestas en la calle que no aportan más que crispación.
La nocturna revelación de su pacto con los radicales vascos dinamita, en términos de la patronal, los puentes del diálogo social. Los empresarios están encendidos con la enésima maniobra aleve de un Gobierno que se llena la boca de mensajes de unidad y cooperación y después actúa a hechos consumados, unilateralmente y siempre con el tacticismo político por bandera. Compra muy cara Sánchez la abstención de Bildu; le aportará poco y, acabe como acabe, esta intentona de imponer la política laboral hará un daño irreparable a España en un momento en el que lo último que se necesita es una guerra fría entre los dos agentes llamados a reconstruir la economía nacional: el sector privado y el público. Por ese orden, pues cualquier otro no es sino una ensoñación de la que el PSOE parecía haber despertado en 2010. Pero no.
Deben cargar en esta nueva huida hacia adelante del Gobierno de coalición del PSOE con Unidas Podemos, cuyo líder único, Pablo Iglesias, está arrastrando a capricho a Sánchez hacia su doctrina, el resto de agentes señalados directa o indirectamente en la maniobra. Los primeros, los sindicatos. Su fin último y sagrado es proteger a los trabajadores. Si hay alguien en las centrales que considera que este acuerdo servirá para proteger el trabajo y a los trabajadores, no sabe dónde pisa. La única posibilidad de revisar o derogar la reforma laboral y no generar un cataclismo es hacerlo en un periodo expansivo: ellos han sido complacientes, cuando no sumisos, con un Ejecutivo que ha elegido la peor contracción económica de la historia para cambiar las reglas del juego. También partidos como Ciudadanos, o lo que queda de él, deben analizar su papel en las últimas semanas. Han apuntalado a Sánchez en el hemiciclo mientras el presidente negociaba en el sótano con los abertzales. Si Arrimadas pretendía mostrar otra cara de su partido, a fe que lo ha logrado. Ha conseguido que la formación liberal sea tomada por arcilla en las manos del PSOE que pacta con Bildu.  



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