A SALTO DE MATA

José Luis Muñoz


Un verde espacio para la libertad, la tertulia y el amor

No suele haber mucha gente en el jardín de El Salvador. Ni siquiera ahora, en que una bondadosa intervención le ha dado un valioso repaso, eliminando todo lo que el paso del tiempo (y el abandono) había ido deteriorando para devolverle un cierto aire de dignidad que le ayuda a cumplir el importante papel que le corresponde como único espacio verde situado en el mismo corazón del casco antiguo de Cuenca, cuya severidad urbanística se ve aligerada por la presencia de este mínimo pero importante enclave de vegetación, donde solo hay arquitectura y empedrados.
Cuesta imaginar cómo era este espacio de la ciudad hace apenas poco más de cien años. Aquí mismo se encontraba la iglesia de San Vicente, algo más allá la de San Esteban y casi al lado la de El Salvador, todas ellas apenas a doscientos metros una de otra. La primera citada parece que era de considerable volumen por lo que cuando fue derribada, ya en la segunda mitad del siglo XIX, dejó vacío un amplio solar que, como suele ocurrir en estos casos, planteó de inmediato la necesidad de ocuparlo con algo; en la búsqueda pasaron los años hasta que apareció la idea genial: hacer aquí un mercado, dotación hasta ese momento inexistente en Cuenca, lo que daba lugar a situaciones verdaderamente estrambóticas (y, por supuesto, antihigiénicas). Pusieron manos a la obra y en la última década del siglo ya estaba operativo el flamante mercado lo que, de paso, llevó consigo una importante operación urbanística mediante el ensanche de todas las calles inmediatas para facilitar el tránsito, dejándolo todo como hoy lo vemos.
El experimento del mercado resultó un fracaso y apenas unos años más tarde, en 1912, el Ayuntamiento decidió eliminarlo y ajardinar el paraje, dando así forma inicial a este receptáculo verde que, interpreto por mi cuenta y sin saberlo con exactitud, debía estar totalmente abierto, porque en 1957 se acordó su cerramiento con una verja y ahí la tenemos. Fue una de las muchas reformas que se han sucedido, la última este mismo año y buena falta hacía ya. Dicen que aún no está completa, que faltan algunos detalles vinculados a la jardinería, en espera de que llegue el tiempo propicio para hacerlo.
A su alrededor, formando una plaza aproximadamente cuadrada, se habilita un espacio de evidente encanto urbanístico, aunque no hay en él ningún edificio de especial solera o brillantez. Es un ejemplo, reducido pero expresivo, de la ciudad del siglo XIX, con una útil mezcla de viviendas que no pueden ser calificadas de señoriales, pero que ofrecen una estructura de cierta nobleza, amplitud y elegancia popular, adornadas muchas de ellas con florituras de escayola en las fachadas y algunas luciendo con orgullo la fecha de su construcción, detalle ciertamente valioso a la vez que poco frecuente en las calles de Cuenca.
No suele haber mucha gente en el jardín de El Salvador. Quizá, podría decirse, es que el tiempo actual no acompaña. Sin embargo, esta misma semana que ahora termina, en un banco de la zona más elevada, junto a la calle Capellán Moreno, tres hombres de edad avanzada dialogaban sobre la mejor forma de salir del atasco. Y otro día, en la zona media, en un lugar bien visible, una joven pareja se entretenía en hacer lo que los jardines de todo el mundo han propiciado siempre a las jóvenes parejas. Estas imágenes sueltas, aisladas, reconfortan el ánimo. El jardín de El Salvador no es solo una llamarada de verdor en el corazón del casco antiguo de Cuenca. También puede alentar en su seno el cumplimiento de necesidades básicas: descansar, leer un libro, hablar de política, acoger entusiasmos amorosos. Y todo ello, en plena libertad.



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