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Javier Ruiz

LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


La tormenta

02/09/2021

La tormenta se ha instalado entre nosotros como algo habitual y cotidiano. Se van sucediendo los días, meses y años en que vivimos acontecimientos históricos sin cambiar el almanaque. Ayer mismo y anteayer una panza de burra negra se abrió en forma de piedra sobre Toledo. Y los rayos segaron la luna y rompieron la piedra. Dicen los que de esto saben que cada vez son más normales estas cosas, es decir, estos tipos de fenómenos meteorológicos que ponen una ciudad o un pueblo patas arriba. En Toledo rodó el canto de varias calles como si fuera agua que descendiera hacia el Tajo. Ya estamos acostumbrados; entre Dana y Filomena no ganamos para sustos. Los elementos se sublevan como un golpe de Estado, ahora que está tan de moda la desmemoria histórica. Y al final, no quedan más que operarios, civiles y militares, que cumplen calladamente su labor.
La tormenta siempre suscitó en el hombre un sentimiento atávico de miedo y sumisión a la Naturaleza. Uno de los cuadros más hermosos de la historia de la pintura es el del hombre frente a la tempestad, de Friedrich. Supone un punto de no retorno entre la Naturaleza y el ser humano, fascinado por su belleza y apocado por su nimiedad frente a la fiera. Pasa como uno de los grandes iconos del Romanticismo, pero yo me atrevo decir que lo sería de la Humanidad entera. Aún recuerdo las tardes de verano en la casita que mis padres tenían en Fernán Caballero y las tormentas que puntualmente visitaban el pueblo coincidiendo con esta época del año. Era San Agustín, las fiestas mayores y raro era el año en que no corríamos a escondernos bajo lo que pilláramos cuando una tormenta se venía de cuajo al final de la tarde. Recuerdo incluso cómo un enchufe explotó en casa y le saltó a la barriga de mi padre, que era electricista. No sé si sería por eso… Hasta los animales le tienen miedo a la tormenta y corren presto a refugiarse.
La fuerza del rayo es abrasiva se mire por donde se mire. Es la llama que ilumina el cielo como los pensamientos, atiza la tierra hasta horadarla y clava su aguja donde puede. Benjamin Franklin no fue consciente aquel día del peligro que corría con la cometa en la tormenta. El pararrayos ha evitado grandes desgracias y ha contribuido al desarrollo de la Humanidad. Pero, pese a ello, la tormenta saca todavía muchos enteros a las capacidades del hombre.
Quizá deba ser así y nunca jamás la ciencia y la tecnología podrán callar a la Naturaleza. Los hombres del tiempo hablan del cambio climático, igual que los científicos y aquellos que viven y conocen el medio rural. Las cabañuelas son imposibles realizarlas con tantos elementos turbios. En el fondo, al tiempo y la tormenta les pasa como a nosotros, que nunca pensamos rebasar determinados acontecimientos y, sin embargo, lo estamos haciendo. La piedra se adueña de las cosechas y causa el espanto entre quienes estuvieron todo un año labrando para vendimiar en septiembre. Hay que invertir en seguros de forma seria, si de verdad queremos que la gente vuelva a casa y habite el mundo rural. No puede ser que el último eslabón, el eslabón más débil, el agricultor, sea siempre quien termine pagando los platos. Pese a todo, las tormentas son bellísimas y nos subyugan. Tengo para mí que son el grito de los muertos para que no se olviden de vivir los vivos.