DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Marta y Matilde

02/04/2020

Marta Castro tiene 45 años y es una de las especialistas de Geriatría del Hospital de Getafe. Ni su caso pontifica ni ella lo pretende. Pero esas voces que se escuchan desde dentro de la nebulosa de los hospitales son necesarias para entender lo que está pasando; porque lo que está ocurriendo dista mucho de lo que nos están contando. La escasez de los test hace que las cifras que cada día nos vienen dando los técnicos del Gobierno estén muy lejos de la realidad. «En la primera semana de crisis, se murieron todos mis pacientes», contaba esta semana por teléfono Marta con una voz completamente rota. No había respiradores suficientes para un hospital colapsado. ¿Cuál fue la reacción de algunos de los pacientes más mayores? En un gesto de una generosidad absoluta, pidieron a los médicos que dieran prioridad a los más jóvenes y les cedieran los respiradores que son indispensables para seguir con vida. No dudaron; ni siquiera titubearon. Era una decisión con todas las consecuencias en un escenario de una crueldad propia de las películas más terroríficas. 
Esta geriatra puso la voz y muchas Martas que trabajan en primera línea como ella pueden contar experiencias similares, aunque desde el Gobierno traten de despistarnos y, en ocasiones, nos tomen por idiotas. Marta podía habernos contado lo mucho que están trabajando estos días, esas jornadas interminables de intensivistas, de anestesistas, de médicos y enfermeros de urgencias, de los celadores encargados de trasladar los cadáveres a las cámaras. En definitiva, de todo el personal sanitario. Pero ellos no son héroes ni quieren medallas. Les reconfortan los aplausos diarios y ven su trabajo como un oficio más, que sólo lo sabemos valorar cuando les necesitamos. En una descripción muy gráfica, esta geriatra relata también la falta de medios de protección y de espacios dignos para que los pacientes sean atendidos. Además, en medio de una crisis desorbitada, denunció la insolidaridad entre comunidades y los agujeros de un sistema autonómico que lleva a diferenciar enfermos de primera y de regional preferente. Lo que sufrimos a diario los que vivimos en lugares olvidados pero, ahora, invertidos los papeles. 
El mismo día que escuchaba a Marta hablé con el hijo de Matilde. Horas antes, su madre había abandonado el hospital Virgen del Valle de Toledo. Matilde es de Ocaña, tiene 92 años y me aseguran que hace unas croquetas de escándalo. Les da un punto que sólo son capaces de alcanzar las abuelas bien bregadas en los fogones. Tengo ganas de pasarme por Ocaña para probarlas. Su salud es buena, aunque con esa edad no faltan achaques. Matilde estuvo en la UVI cinco días y cuando salió dio positivo por coronavirus. Salvo el contacto mínimo con sus cuidadores, ha estado quince días en un aislamiento total. Cuando abandonó el hospital, lo hizo entre los vítores y aplausos de sus ángeles de la guarda y detrás de la mascarilla se adivinaba una sonrisa propia del que ha ganado la dura batalla a la enfermedad. José María, el hijo de Matilde, se acordó en ese momento de Milagros, la compañera de habitación de su madre cuyos ánimos habían sido tan sanadores como el trabajo de los médicos. 
El caso de Matilde no es único. Estos días hemos conocido la evolución de otros enfermos de más de 90 años que se han curado gracias a la dedicación de los profesionales sanitarios. Incluso una vecina de Biescas, en Huesca, que con 101 años también ha logrado salir. Los 30.000 recuperados son la prueba de la esperanza a la que nos agarramos sin olvidar a todos los que nos han dejado.