Forma parte de la condición humana disponer de una inagotable e incontenible capacidad para discutir sobre esto y aquello. Más aún, hay numerosos miembros de nuestra especie que tienen una especial predisposición para llevar la contraria a cualquier tema que se le ponga por delante. Personalmente lo he podido observar en variadas conversaciones cuando alguien espera de manera aviesa a que otro contertulio plantee una cuestión, la que sea, para de inmediato opinar de manera diferente y así dar lugar a un debate en el que se van manteniendo posiciones encontradas con defensa de encendido entusiasmo de las propias ideas de cada cual, sin prestar atención a lo que dice el contrario. El caso es discutir y disentir. Esa tendencia, seguramente natural, alcanza su máxima expresión en el espectáculo, vergonzoso y rastrero, que estamos viendo se alcanza en los niveles del presunto debate político en el que casi nunca hay tal cosa, sino mera sucesión de alegatos monocordes con el que no se buscan asensos o acuerdos, sino solamente señalar la diferencia entre unos y otros. El que va a la contra solo tiene que esperar a oír la exposición de motivos de su oponente para, de inmediato, salir a la palestra a decir lo contrario. Y así nos está luciendo el pelo, mientras algunos insensatos utópicos hacen llamamientos a la unidad y la concordia.

En nuestro ámbito doméstico asistimos también, casi de manera permanente, a una situación muy parecida, que incluso alcanza niveles un tanto ridículos. Son muy variados los ejemplos que se vienen sucediendo a lo largo de los años, pero podemos centrarnos en uno que, por ser muy reciente y estar de actualidad, lo tenemos al alcance de la mano: cómo resolver de la mejor manera posible el acceso al casco antiguo de Cuenca, asunto para el que se viene deshojando la margarita entre ascensores y escaleras mecánicas. Durante los últimos años, el partido entonces en la oposición se había decantado por la primera vía y ahora, de golpe y porrazo, ha dado un volantazo para poner sobre la mesa la segunda, que ya está presentada públicamente, con proyecto incluido y garantías de ser llevado a cabo en un plazo razonable, sin que en ningún momento se nos explique por qué se ha abandonado de manera tan radical aquella preferencia por los ascensores.

Es curioso señalar que, inmediatamente, han surgido las voces críticas con este nuevo proyecto, de la misma manera que también abundaban antes con el otro, de acuerdo con esa tendencia natural a disentir de cualquier asunto que se ponga sobre la mesa. Ya saben: serán galgos o serán podencos. Seguramente con eso hay que contar: nunca llueve a gusto de todos, asegura el dicho popular. Y en este asunto es difícil encontrar puntos de acuerdo, sobre todo porque como estamos jugando con hipótesis de futuro resulta difícil calibrar por ahora la bondad o desacierto que pueda ir implícita en la solución finalmente elegida. Porque además, y eso también es muy curioso, se está pensando siempre -y se ha vuelto a decir estos días- en ofrecer facilidades a los turistas que nos visitan y, secundariamente, a los habitantes de la ciudad moderna que quieran llegar al casco histórico; para nada se habla de los vecinos de este singular recinto, a los que con toda seguridad importa un comino cualquiera de esas soluciones, pues es más que dudoso que ninguno de ellos haga el largo desplazamiento necesario para ir a coger escalera o ascensor. Los vecinos se conformarían con un remedio casero sencillo y barato: una bonísima combinación con autobuses. Pero no parece que entre las preocupaciones municipales figure en manera alguna poner fin al desastroso sistema actual. Al fin y al cabo, los vecinos son dóciles y pacientes. Y están ya aquí. Lo que importa son los turistas.